En 1965, Samuel Jackson tenía 17 años.
Si antes de ese año viajaba en transporte público, como afroamericano estaba obligado a sentarse en la parte trasera de los autobuses y ceder su asiento a los pasajeros blancos.
Lo mismo sucedía con los baños públicos. Si en su adolescencia sentía ganas de orinar en alguna estación de servicio, terminal de autobuses o edificio gubernamental, tenía que resignarse a un baño distinto al de los blancos y en peores condiciones, con el aviso de «Color» en la puerta .
Desde fines del siglo diecinueve hasta 1965 estuvieron vigentes en Estados Unidos las leyes segregacionistas de Jim Crow, una serie de normas que prohibían a los negros compartir, además del baño y el transporte, las escuelas, los restaurantes y los hospitales.
Seguramente a los 17 años no figuraba en los planes de Jackson tener una novia blanca (o caucásica, como la denominan en Estados Unidos). De todas maneras no lo hubiera logrado. Las leyes de Jim Crow prohibían y penaban el matrimonio o la convivencia interracial.
Y para participar en elecciones se implementaron exámenes de alfabetización diseñados para evitar que la población negra pudiera votar.
En el «Sur Profundo» –región que abarca los estados de Luisiana, Misisipi, Alabama, Georgia y Carolina del Sur– entre 1877 y 1950 más de 4.000 personas negras fueron linchadas.
Donde sí hubieran aceptado sin restricciones al joven Jackson fue en las fuerzas armadas, pero no hizo el servicio militar porque en el sorteo le tocó un numero bajo.
Era la época de la Guerra de Vietnam y temía ser reclutado. Para evitarlo, se inscribió en biología marina en una universidad comunitaria de Atlanta, Georgia (más tarde pasó a arte dramático). Y para no ser enviado al frente, se vio obligado a mantener altas calificaciones.
Este es el hombre, ferviente simpatizante del Partido Demócrata, vestido como Tío Sam, que envió a su «querida gente negra» el siguiente mensaje:
«Por favor, no alienten ni apoyen a Argentina para que gane la Copa Mundial de la FIFA. Argentina ha sido históricamente uno de los países más racistas del mundo, si no el que más. Si eres una persona negra que alienta por Argentina, así es como te ves».
Jackson ignora, obviamente, que «el país más racista del mundo» en 1813 dictó la «libertad de vientres» (los hijos de esclavos nacían libres). Y en 1853 la Constitución Nacional decretó la abolición de la esclavitud y que cualquier esclavo que ingresara al territorio quedaba libre inmediatamente.
Eso ocurría ciento doce años antes en «el país más racista del mundo», mientras él viajaba en el último asiento –o lo cedía a un blanco–, no podía compartir una mesa en un restaurante o recibir asistencia en un hospital y orinaba en un baño inmundo.

