2026-05-24
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¿Y si pensamos el largo plazo?

Carlos Leyba

¿Y si pensamos el largo plazo?
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En 50 años, mientras la pobreza en el mundo disminuía, construimos la fábrica de pobres más eficiente del planeta.

«Para definir una época no basta con saber lo que en ella se hecho. Es menester además que sepamos lo que no ha hecho» (J, Ortega y Gasset)

Los últimos 50 años de nuestra vida económica, con distintas banderías, tienen en común lo que «no se ha hecho».

Lo que nos pasa -que ha sido horrible- es por el «no hacer», que ha sido letal.

Por no haber hecho lo que había que hacer. Por el desprecio al largo plazo.

Hombres y mujeres en el gobierno, que han ido de grieta en grieta, han hecho uno al revés del otro. Pero lo que sí han tenido en común, es no haber hecho nada de lo que las generaciones previas sí hicieron. Consecuencia de la ausencia de pensamiento y acciones necesarias para «gobernar la nave y llevarla a destino».

Nuestras viejas generaciones sí lo hicieron.

El punto de quiebre, entre deseable e indeseable, fue 1975.

«El huevo de la serpiente» tiene fecha previa y, si bien no aludiré a aquellos trágicos días, parte de los que gobernaron desde 1975 para acá y hasta hoy, protagonistas de gobierno, tienen en común el mismo lamentable origen. Origen que han ocultado porque -además- se han dedicado, en su vida de gobierno, a traicionar aquellas ideas que sembraron y que dieron lugar al «huevo de la serpiente». Dejémoslo ahí. Ahora a los datos.

Apelemos a las categorías que Julio HG Olivera, uno de los grandes de nuestra economía, definió hace muchos años.

Crecimiento es el aumento del PBI. Anote: el PIB por habitante, desde 1975, a la fecha, en 50 años, ha «aumentado» (cifras de O. Ferreres a precios de 2004) 17%. Nada. Medio siglo reptando.

No crecimos porque, durante 50 años, la clase dirigente no tuvo una política de inversión y alentó la fuga: US$ 400.000 millones de excedente no invertido, fugado. Deporte de blanqueo y moratoria.

Desarrollo, quiere decir «puesta en acto del potencial». Nuestro potencial productivo duerme. Donde mire. No haré el inventario. Todos lo conocemos.

El gran descubrimiento del SXXI, la niña mimada de los diarios, Vaca Muerta (2010). Todavía, 15 años después, tiene más de promesa que de realidad.

No existió, en 50 años, una estrategia de Desarrollo de la Nación (puesta en acto del potencial). Más aún «esa palabra» hoy esta proscrita del lenguaje de los «economistas» obsesionados por el «corto plazo»: hablan de inflación, tipo de cambio. De ahí no se mueven. Curioso, hablan de lo que miden todos los días. Pero no de lo importante.

¿Existe algo que ayude más a la estabilidad que el crecimiento por inversión y el desarrollo por estrategia de la productividad sistémica? ¿Los países desarrollados tienen estabilidad porque son desarrollados o son desarrollados porque tienen estabilidad? ¿O tal vez no hay lo uno sin lo otro?

Progreso, es el incremento de la satisfacción de las necesidades sociales. Un dato. La población en 50 años se duplicó y el número de personas en condiciones de pobreza se multiplicó por 20. Cifras del Indec.

En 50 años, mientras la pobreza en el mundo disminuía, construimos la fábrica de pobres más eficiente del planeta.

Ausencia de crecimiento (17% en 50 años) ausencia de desarrollo (ausencia de estrategia de desarrollo durante 50 años). Festival de decadencia social, que es lo contrario del progreso y que hace que hoy, el 50% de los menores de 17 años en los 31 aglomerados urbanos, viva en la pobreza.

Hay estudios que sostienen que muchos de nuestros jóvenes, básicamente los que abandonan el sistema educativo, ni remotamente alcanzan a dominar el número de palabras necesarias para leer el diario. ¿Nos preparamos para el SXXI?

Este es el resultado de estos 50 años pasados.

Incomparable con el resultado de los casi 100 años que van de 1975 a 1880, cien años en los que crecimos, apuntamos al desarrollo y vivimos en un oasis de progreso social.

Dado que es más fácil destruir que construir, en estos 50 años de estancamiento, derrotamos la herencia de aquellos casi 100 de progreso ininterrumpido.

Todos los gobiernos, en estos 50 años, compartieron la ausencia de una política de inversiones, de una estrategia de desarrollo y de un compromiso con el progreso.

El largo plazo sucumbió a la elección cada dos años.

Ni la pesadilla más horrible nos hubiera anunciado -a quienes tuvimos la dicha de haber vivido los años 40, 50, 60 del SXX y haber escuchado, de nuestros mayores, lo que ellos habían vivido y lo que sus mayores vivieron- que esta es la Argentina que tenemos por delante. ¿Qué tenemos por delante?

Hablemos con estadísticas. O. Ferreres ha realizado un trabajo extraordinario y disponemos, a la mano, de series largas que permiten identificar las condiciones económicas del pasado.

Tres modelos, habida cuenta de la política local y de las condiciones externas, definen nuestro curso económico desde el gran momento de la organización del Estado Nacional.

Primero la generación del 80; luego la gran transformación industrial del pleno empleo, iniciada en 1930, que culminó en 1974, y finalmente el modelo vigente de la decadencia, disparado a partir de 1975.

El discurso de J.A. Roca (1880), al asumir la presidencia, fue un programa de gobierno. Señaló dos prioridades. La primera, la organización del Ejército que – en los hechos – fue el elemento agente para la construcción del Estado destinado a formar, integrar, la Nación. La segunda, la construcción de las vías de comunicación para integrar el territorio. «Un programa de desarrollo» habida cuenta de la demografía y la geopolítica: la inmigración y el motor de expansión del Imperio.

El PIB por habitante repito, entre 1880 y 1930, se multiplicó por tres. Fueron cincuenta años a un ritmo extraordinario de crecimiento en términos de valor agregado, despliegue de venas de comunicación, conexión activa con el Mundo Motor, el Centro de aquél entonces, en términos de F. Braudel.

Carlos Pellegrini, que piloteo la crisis del ’90, en el Parlamento (1875) propuso desde entonces políticas industriales (Club Industrial) «ninguna nación de la tierra ha alcanzado la cumbre de su desarrollo económico con solo estas industrias… la industria fabril… es la más alta expresión del progreso industrial». El 25/5/1900, Miguel Cané dice «iremos a la formación de una vasta clase gobernante que asegure el porvenir, por la adopción de todos los progresos de la ciencia y la industria, a la riqueza y la prosperidad» (Discursos).

Hay crecimiento, hay desarrollo y hay progreso: indudable y creciente satisfacción de las necesidades colectivas. La suerte de la clase trabajadora importa: J.V González, criollo, riojano, ministro del interior contrata a J. Bialet Massé para que informe sobre «el estado de las clases obreras en la República» y en 1904, ese informe, da origen a la Ley Nacional de Trabajo. Luis Olariaga, Revista de Occidente, publica su reflexión sobre la Argentina: «Acaso la Argentina necesite algo más que reflexionar para que se produzca en ella la enérgica reacción que modifique sus tendencias. Acaso tenga que sufrir antes las consecuencias de la crisis económica de Inglaterra; en general de la crisis económica de Europa. Acaso también no tarde en sufrirla» (febrero, 1925)

No se equivocó, anunció el inevitable fin de una etapa. Invitó a pensar el gran cambio: el inexorable desenganche de la locomotora de arrastre.

Aquella clase dirigente ya estaba pensando el futuro. «Sin industria no hay Nación», Carlos Pellegrini: un país de productores.

El 10/10/31 se adoptó el control de cambios en respuesta al fin del patrón oro. Pinedo y Prebisch compartían ideas heterodoxas: la obsesión era el desempleo. «Cada desocupado propaga su mal a los que tienen trabajo por ser un consumidor menos de lo que otros producen. Un desocupado crea automáticamente otros desocupados». El objetivo «absorber desocupados mediante la realización de un amplio programa de obras públicas» (Min. de Hacienda 1934)

¿Cómo evitar los efectos exteriores adversos sin la expansión? (Prebisch) «Crecimiento vigoroso de la industria del país. Son los mismos productos que antes nos procurábamos en las naciones extranjeras […]. Todo eso es el pasado. Ha concluido la etapa histórica de nuestro prodigioso desenvolvimiento bajo el estímulo directo de la economía europea» (Min. de Hacienda y Agricultura, 1934).

Desde entonces se pone en marcha el «gran consenso económico de largo plazo»: objetivo pleno empleo; instrumento, política de industrialización forzada. La ausencia de motor externo.

Luego, cuando es evidente el requisito del pensamiento y el diseño sistémico para el desarrollo, se organiza, p.ej. el Consejo Nacional de Desarrollo (1963).

En el período 1930/1974, repito, el PIB por habitante se duplicó. En 1974, el último año del segundo gran período de crecimiento, la pobreza – en los aglomerados urbanos – se redujo a 4% de la población, un país con la clase media proporcionalmente mayor de los países en vías de desarrollo. Dos Premios Nobel de ciencia, con laboratorios en la Argentina, son consagrados: B.Housay (1947) y L. Leloir (1970)

La década 1874/84 fue la de mayor crecimiento per cápita de nuestra historia y la década 1964/74 fue la segunda. Datos.

Desde 1975 el ocaso o la decadencia: un país que multiplicó por 20 el número de personas pobres y cuyo PIB ph creció 17% en 50 años.

Hoy, el 37% de la población vive en el 4% del territorio. Un país vacío y ninguna política de desarrollo territorial.

La Fundación (FARN), el Ministerio de la Defensa de la Ciudad, presentó ante la (CIDH) una denuncia al Estado argentino por la violación de los derechos de las personas afectadas por la contaminación en la cuenca Matanza-Riachuelo (8/7/25)

El 52% de las mujeres menores de 17 años viven en la pobreza. El descenso de la natalidad es alarmante. La clase media posterga la natalidad y las mujeres nacidas en la pobreza, a los 30 años, son abuelas.

No pensar el largo plazo garantiza la continuidad de la decadencia: no se pueden revertir aquello que la multiplica con medidas del corto plazo que nos gobierna. Ahora, nada es diferente, campeón.

Carlos Leyba

El Economista

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