2026-03-25
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«La paciencia con la motosierra y el ajuste están llegando a su punto crítico»

Facundo Cruz

«La paciencia con la motosierra y el ajuste están llegando a su punto crítico»
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Facundo Cruz, politólogo mendocino criado en la ciudad de Buenos Aires y fanático de Pink Floyd, analiza la democracia argentina a más de cuarenta años de su recuperación. Desde el séptimo piso de la Facultad de Ciencias Económicas, donde funciona el observatorio Pulsar UBA, desglosa el humor social con un ojo clínico y una paciencia antropológica.

La última luz de la tarde porteña se proyecta sobre el cemento brutalista de la Facultad de Ciencias Médicas de la UBA. Desde el séptimo piso del edificio de Ciencias Económicas, donde funciona Pulsar.UBA, la vista es contundente y abrumadora. Allí, con la voz tomada por la pasión futbolera —los dos goles que Racing Club marcó la noche anterior— y un tatuaje de Pink Floyd en el brazo izquierdo, Facundo Cruz se presenta. El diseño reza Careful with That Axe, Eugene, el título de una pieza instrumental que la banda británica inmortalizó en su recital de Pompeya. Traducido: «Guarda con el hacha, Eugenio».

Politólogo por la UADE, Magíster en Análisis Electoral y Doctor en Ciencia Política por la UNSAM, Cruz se ha convertido en una de las voces analíticas más nítidas para desentrañar el laberinto institucional argentino.

«No se trató de un despertar vocacional repentino, aunque recuerdo que leí dos libros muy interesantes», evoca Facundo Cruz. Uno era la biografía del Che Guevara por Jon Lee Anderson. Le quedó grabada una frase que decía que la Revolución era como una sandía: verde por fuera, pero roja por dentro. «Una gran analogía para ilustrar la improvisación de los inicios de la Revolución Cubana». El otro fue Soldados de Perón, de Richard Gillespie, el mejor estudio sociopolítico sobre Montoneros. Siempre le interesaron esos temas.

El camino derivó hacia la UADE, a Gobierno y Relaciones Internacionales, otra denominación posible para la Ciencia Política. Allí encontró lo que realmente buscaba: el análisis de los actores, las instituciones y los procesos políticos latinoamericanos.

El desarrollo académico se consolidó con un anclaje institucional múltiple. La investigación de posgrado floreció en la UNSAM, sostenida por una beca del CONICET. Cursó la maestría dirigida por referentes como Marcelo Escolar, Alejandro Tulio y Juan Manuel Abal Medina. La culminación llegó el jueves 23 de marzo de 2018, un día grabado en su memoria, el día de su defensa doctoral. La docencia corrió en paralelo.

Hoy, su vida transcurre entre las aulas de grado y posgrado. En la UBA dicta Sociología Política —materia en la que ingresó en el segundo semestre de 2013— y también está al frente junto a Miguel De Luca de Instituciones y Procesos de Gobierno I. A su vez, en la Universidad Torcuato Di Tella (UTDT), imparte Política y Economía Comparada del Cono Sur junto a Anabella Molina, un espacio de posgrado donde explica a profesionales de diversas áreas cómo los factores nacionales moldean el comportamiento de los países en el sistema internacional.

Su mirada y formación también tiene un impacto directo en la esfera pública a través de Pulsar.UBA, el observatorio de opinión pública de la universidad, con tres programas principales: debates presidenciales, creencias sociales y aprobación presidencial. Cruz ejerce allí como Coordinador General.

En 2023, inspirados en modelos estadounidenses, el equipo de Pulsar liderado por Daniela Barbieri y Augusto Reina segmentó a 110 ciudadanos en grupos focales según su comportamiento electoral en las PASO: tercios de peronismo, Juntos por el Cambio y La Libertad Avanza, más una porción de indecisos. Los participantes interactuaron con una aplicación que permitía calificar en tiempo real las afirmaciones de los candidatos en los debates presidenciales, en una escala de 10 a -10. Desde el centro de control y junto al equipo de investigadores, Cruz observaba «la viborita»: una línea de tendencia promedio que dibujaba un electrocardiograma del humor social ante cada frase. Entre tres y cinco millones de datos se generaron en apenas dos horas de transmisión. Un dato sumamente llamativo fue que los indecisos salieron aún más indecisos tras el debate del balotaje. Al descender la efervescencia inicial, la percepción mutó: a los cinco días se instaló la idea de que Javier Milei, el dirigente sin experiencia, se había impuesto ante los políticos tradicionales que no lograban aportar soluciones.

Cruz es autor de publicaciones como Socios pero no tanto y compilador de Después del terremoto, textos de referencia para entender la ingeniería electoral del país. Todo este andamiaje analítico, capaz de procesar millones de interacciones ciudadanas y desentrañar las crisis cíclicas de la Argentina, encuentra también su complemento en la música. Un oído absoluto para escuchar la melodía de un tiempo y también la armonía de una canción.

Durante la escritura de sus investigaciones, la banda sonora fue inalterable: una secuencia estricta de discos de Pink Floyd, desde The Dark Side of the Moon hasta Animals. El rock de la rebeldía moldeó el ritmo de sus pensamientos. En un país donde la dinámica política suele oscilar entre el caos y la reinvención, Cruz persevera con el rigor científico, entendiendo que las crisis son procesos largos y, ante la estridencia del poder, recordando siempre guardar el hacha.

Se discute permanentemente de qué manera los procesos de un país resultan similares o distintos a los de otros, y qué factores tornan a la Argentina un caso singular. En términos democráticos, el país presenta rasgos distintivos que permiten profundizar en este debate.

—¿Cómo se ubica la Argentina frente al resto de la región al medir el apoyo de la ciudadanía al sistema democrático? —le pregunta El Economista a Facundo Cruz.

—Al analizar cualquier batería de indicadores actuales que miden el apoyo a la democracia en la región, se percibe un problema tanto en América Central como en el norte de América del Sur. Existe una dificultad con los «demócratas puros» cuando se formula la pregunta conocida como «churchilliana», referida a la preferencia de régimen político: «¿Se prefiere la democracia?», «¿En algunas circunstancias un gobierno autoritario es tolerable?» o «¿Da lo mismo un gobierno democrático que uno no democrático?».

Los primeros son los demócratas puros; los segundos, los tolerantes; y los terceros, los indiferentes. En la Argentina, los datos del programa de creencias sociales del Observatorio Pulsar reflejan que la ciudadanía está convencida de su perfil demócrata puro. Aproximadamente ocho de cada diez consultados manifiestan, año tras año, su preferencia por el sistema democrático.

Esta preferencia sólida indica que la democracia cuenta con un sustento social sumamente firme. Al comparar estas cifras con las del Latinobarómetro en otros países, se observan contrastes marcados.

En México, por ejemplo, las últimas cifras indicaron que un tercio de los consultados se ubicaba entre los tolerantes. En una nación con mayor población, cercanía con Estados Unidos y problemáticas de seguridad consolidadas, un tercio de la ciudadanía toleraría un régimen autoritario.

Proporciones similares se registraron en América Central, con una tendencia creciente en Ecuador y Colombia. En estos casos, la preferencia por la democracia se ubica en torno al 50%. La otra mitad de la ciudadanía se reparte entre la indiferencia y la tolerancia al autoritarismo, un fenómeno que se ha acentuado en los últimos años.

En países de América Central y el norte de América del Sur, la falta de soluciones ante problemas asociados a la delincuencia o la inseguridad parece permear las preferencias de régimen político. A mayores niveles de inseguridad, se observa una ciudadanía más tolerante ante decisiones autoritarias o una mayor indiferencia.

Esta es, en parte, la solución que encuentran ciertos actores políticos al intentar implantar modelos alternativos, como el denominado «modelo Bukele». Se prioriza la resolución del problema por sobre el respeto a los checks and balances del sistema republicano o los valores profundos de la democracia liberal.

—¿Existe en la Argentina el riesgo de replicar el escenario del Capitolio ante una eventual derrota de Javier Milei en 2027?

—Jamás imaginamos la posibilidad de presenciar algo como la toma del Capitolio o del Palacio del Planalto, aunque resulta difícil afirmar que un evento de esas características nunca sucederá.

El intento de toma del Capitolio y del Palacio del Planalto ocurrió porque los sectores derrotados en las urnas desconocieron el resultado y contaban con todo el esquema organizado para generar esa situación de inestabilidad institucional y política. En la Argentina eso no ha sucedido; en los escenarios donde los dirigentes de La Libertad Avanza tenían margen para plantear un fraude, optaron por no hacerlo.

No se sabe qué planea hacer La Libertad Avanza con el resultado electoral de 2027, aunque existe una diferencia sustancial. La Libertad Avanza era oposición en 2023 y en 2027 será oficialismo. Al salir a plantear dudas sobre la legitimidad del proceso electoral, se acusa a la propia administración, ya que la Dirección Nacional Electoral es corresponsable de la organización de los comicios junto con los partidos oficialistas y opositores. Para eso se conforma el Consejo de Seguimiento de las Elecciones.

La DINE es la Dirección Nacional Electoral; lleva a cabo el escrutinio provisorio y forma parte de la organización logística de la elección. Las elecciones en la Argentina cuentan con un proceso de administración electoral coorganizado. Allí intervienen actores gubernamentales, el oficialismo, la justicia electoral, el Poder Judicial, todos los partidos opositores dispuestos a integrar el Consejo de Seguimiento de las Elecciones, las fuerzas de seguridad, el Correo y una empresa encargada del escrutinio provisorio. Hay demasiados ojos volcados sobre una elección y no existe un comando unificado dependiente de una sola persona. Todos observan y participan. Todos son corresponsables de la organización del proceso.

Resulta erróneo plantear una situación de fraude tanto en 2023 como en 2027. En la Argentina no hay fraude y sería sumamente imprudente denunciar un fraude en 2027, cuando el organismo estatal encargado de organizar los comicios depende del propio Poder Ejecutivo.

En la Argentina no se ha perdido la confianza ni se ha llegado a instancias gravísimas como las de Brasil o Estados Unidos. Tampoco se alcanzó una situación como la de México en 2006, cuando Andrés Manuel López Obrador perdió contra Felipe Calderón por menos de un punto, desconoció el resultado y generó inestabilidad institucional. En la Argentina el perdedor siempre reconoció el resultado. A 50 años del último golpe de Estado, esto representa sin duda un motivo de orgullo, porque habla del trabajo profesional realizado para organizar elecciones en el país.

«Sería sumamente imprudente denunciar un fraude en 2027»

—¿Se requiere generosidad política para alcanzar una democracia más vigorosa?

—Sí, es importante la generosidad política, aunque es más trascendental aún el compromiso republicano. Como afirma Adam Przeworski, las elecciones constituyen el proceso político en el cual los oficialismos pierden.

¿Qué se necesita para organizar una elección? Se requiere certidumbre sobre el proceso e incertidumbre sobre el resultado. Si de antemano se sabe quién va a ganar, la elección pierde sentido. Es lo que sucede en la mayoría de los países africanos y en buena parte de Asia. ¿Por qué los indicadores de democracia son bajos allí? Porque la dimensión electoral resulta muy débil.

Cuando se celebran elecciones en condiciones democráticas o con credenciales medianamente estables, existe certidumbre en el proceso. Se conoce el funcionamiento de la administración, aunque se desconoce quién resultará vencedor. Por lo tanto, al perder una elección y no reconocer el resultado, se quiebra la ecuación de la democracia. Al no aceptar la derrota, se rechaza la esencia misma de un proceso electoral democrático.

«Las elecciones constituyen el proceso político en el cual los oficialismos pierden»

—Martín Menem planteó la intención de unificar las elecciones cada cuatro años para eliminar las de medio término. ¿Qué evaluación hacés de esta propuesta?

—Para ello, se necesita una reforma constitucional. La Argentina es el único país en todo el continente, junto con Estados Unidos y México, que tiene elecciones de mitad de mandato.

Todos los demás eligen sus congresos junto con la presidencia. Por lo tanto, cualquier presidente americano —salvo en Estados Unidos, México y la Argentina— sabe que la correlación de fuerzas obtenida en las urnas perdurará durante todo su mandato presidencial.

El Gobierno puede plantear que votar cada dos años es un problema, pero para modificarlo hay que abrir la caja de Pandora de la reforma. Y al abrir esa instancia, una gran cantidad de actores buscará cambiar otras cuestiones. Por ejemplo, el régimen de coparticipación.

Por lo tanto, es poco probable que se eliminen las elecciones de medio término, ya que se requieren consensos sumamente firmes para reformar la Constitución Nacional. Si todavía no están dados los consensos para eliminar las Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias (PASO), resulta muy difícil lograr los acuerdos para una reforma constitucional, que exige una mayoría mucho más calificada que la necesaria para modificar el sistema de primarias.

—Aunque se argumenta una reducción de costos al unificar elecciones, ¿no se elimina con ello una herramienta de control ciudadano sobre la gestión de turno? En definitiva, ¿la democracia es realmente cara?

—Sí, la democracia cuesta. Aunque cuesta de la misma manera que exige inversión social para promover valores democráticos. Cuando se plantea la discusión sobre el costo de una democracia, el debate carece de sentido; resulta equiparable a discutir la construcción de un edificio y sugerir que es más económico hacerlo con telgopor. Aunque jamás se plantearía dicha discusión, ya que el edificio se caería. Si se busca que las elecciones sean más baratas por el deseo de invertir ese dinero en otra área, probablemente resulte más económico establecer otro tipo de control social, un proceso electoral excluyente del voto universal, o cualquier otra alternativa.

Si se va a plantear una discusión sobre el costo de la elección, ¿por qué promover también, por ejemplo, el voto electrónico o la boleta única electrónica? Esta última resulta considerablemente más cara que la boleta de papel debido al valor de las máquinas. Por consiguiente, frente a un debate de costos, existen cuestiones donde este factor deja de ser el elemento central de evaluación. Lo importante radica en el éxito del proceso electoral.

—¿Qué balance se impone sobre el funcionamiento de las PASO a más de una década de su implementación?

—A lo largo de los doce años transcurridos hasta 2023, la implementación de las PASO dejó dos grandes enseñanzas. En primer lugar, constituyen un mecanismo mediante el cual los partidos políticos conforman coaliciones y alianzas, ya que disponen de una herramienta institucional para dirimir candidaturas.

Las PASO brindan una herramienta generalmente más redituable desde la oposición, al permitir la resolución de una candidatura interna. Desde el oficialismo, la figura presidencial opera como candidato natural y alinea las listas hacia abajo de forma automática. Para la oposición, en cambio, las primarias ordenan el territorio entre los distintos aspirantes.

La siguiente enseñanza que nos dejaron las PASO es que el filtro del 1,5% de los votos válidos, que sigue siendo bajo, resulta más perjudicial para los partidos individuales que para las alianzas. La gran mayoría de quienes no superan ese piso son los partidos que deciden competir solos. Por ese motivo, año tras año, las fuerzas políticas eligen integrarse a coaliciones o alianzas ya constituidas.

—¿Qué análisis hacés de la implementación de la Boleta Única de Papel a nivel nacional?

—La implementación fue muy exitosa y tuvo buena aceptación ciudadana. Es difícil que se dé marcha atrás con este sistema; llegó para quedarse. Sin embargo, se forzó demasiado la discusión para lograr su aprobación, y en ese afán se terminaron introduciendo cambios de diseño que generaron comportamientos electorales inesperados.

Por ejemplo, en las ocho provincias que eligieron simultáneamente diputados y senadores nacionales, el voto en blanco para la categoría inferior (diputados) fue el doble o el triple del promedio histórico en Argentina.

En provincias como Río Negro o Neuquén se registró un 10% de voto en blanco, porque el elector marcaba una lista de senadores de su preferencia y dejaba en blanco la fila correspondiente a los diputados nacionales.

Ese fenómeno provocó, por caso, que Juntos Somos Río Negro —el mismo actor político que acompañó e impulsó ese cambio— se quedara sin representación legislativa en la Cámara Baja.

—¿Ese alto nivel de voto en blanco obedeció a una equivocación de los electores y no a un deseo genuino de votar en blanco?

—Sí, porque al observar los resultados de la categoría de diputados nacionales en otras provincias, la tendencia muestra que los valores del voto en blanco se mantuvieron dentro de los parámetros usuales.

—¿Y eso es consecuencia exclusiva del diseño de la boleta?

—Es por el diseño, porque el elector debe marcar dos casilleros por separado. El único distrito donde el voto en blanco no resultó tan alto fue la Ciudad de Buenos Aires, que rondó el 6% o 7%. Pero en otras provincias llegó al 10%. Uno de cada diez electores votó en blanco o anuló su sufragio. Fue, sin duda, una consecuencia directa del diseño del instrumento de votación. El votante marcaba la categoría superior (senadores) creyendo que con eso elegía la lista completa de ese sector político, y dejaba sin marcar la de diputados.

La distribución sumada del voto en blanco y el voto nulo suele ubicarse siempre por debajo del 10%. Lo habitual es un 5%, 6% o 7%. Además, esa distribución territorial suele ser homogénea; no hay grandes diferencias, ya que el comportamiento del electorado a nivel nacional es bastante parejo. Por lo tanto, que en la primera elección con Boleta Única de Papel el voto en blanco haya saltado al 10% exclusivamente en la categoría de diputados nacionales —y solo en las provincias que también elegían senadores— demuestra que fue una consecuencia clara del cambio en el instrumento de votación.

Por ese motivo, ahora se discute una reforma a la ley y la posibilidad de incorporar el casillero de lista completa.

—Al observar los últimos comicios bonaerenses, los jefes comunales traccionaron sufragios para Axel Kicillof al resguardar sus propios intereses. Si él resulta el candidato del peronismo, ¿un desdoblamiento electoral jugaría en su contra?

—Dependiendo del contexto, ni a Kicillof ni al peronismo en su conjunto les va a convenir que se desdoble la elección en la provincia de Buenos Aires en 2027.

Si el peronismo percibe que Javier Milei tiene chances reales de reelección, es probable que se observe un adelantamiento de los comicios en territorio bonaerense. El objetivo sería evitar que un potencial escenario de reelección presidencial exitoso en primera vuelta termine también conquistando la provincia de Buenos Aires.

Si una fuerza política cuenta con un candidato presidencial que ronda los cuarenta puntos, tiene serias chances de ganar la provincia de Buenos Aires.

Cabe recordar que el peronismo ha perdido territorio en las últimas tres elecciones nacionales, con retrocesos en el norte, en Neuquén y en algunas zonas sueltas de la Patagonia. En la franja central mantiene su desempeño histórico, al igual que en la Mesopotamia y en el oeste, pero su principal sostén nacional sigue siendo la provincia de Buenos Aires. Por ende, si se desanclan los ciclos electorales, probablemente resulte perjudicial para una eventual candidatura presidencial, ya sea la de Kicillof o la de cualquier otro postulante peronista.

Si el Presidente llega como un candidato golpeado, observo pocos incentivos para que el peronismo desacople la elección en la provincia de Buenos Aires.

—El ausentismo en los últimos procesos electorales alcanzó niveles históricos. ¿Por qué se produce esta dinámica?

—No lo percibo como un desencanto democrático estructural; me parece más bien un descontento transitorio, producto de un clima de época. Lo que se observa es la repetición de algo que ya sucedió en 2001 con el «que se vayan todos», aunque esta situación dosmilunosa se presenta más como un proceso extendido que como un hecho singular.

En 2001 se dio aquel reclamo generalizado para que se fueran todos, lo cual derivó en un adelantamiento de la elección presidencial y en la posterior reconstrucción de la autoridad presidencial, acompañada por un contexto de bonanza económica. En aquel entonces, el ciclo de bronca, desconfianza y hartazgo duró apenas el lapso transcurrido entre una elección legislativa y una elección presidencial.

Lo que se observa veinte años después de aquel 2001, y que comenzó a expresarse electoralmente con fuerza en 2023, encuentra sus raíces en la pandemia. Ya en los comicios de 2021 empezó a registrarse una caída en la participación, sentando los primeros antecedentes de este fenómeno. Luego, en 2023, irrumpió un candidato con el discurso de que todo el sistema político y sus actores tradicionales estaban mal, prometiendo hacer las cosas de manera distinta e intentando erigirse como el representante de ese clima de época. Sin embargo, este malestar se sigue extendiendo de cara a 2025 y muy posiblemente persistan esquirlas en 2027. Por lo tanto, el proceso político ligado a este descontento resulta ser mucho más largo.

Mientras que en 2001 el fenómeno fue compacto y acotado entre dos elecciones —cuya expresión cabal, como se puede constatar, fue el aumento exponencial del voto en blanco y el voto nulo, el denominado «voto bronca» que canalizó el descontento de forma compulsiva—, en la actualidad no ocurrió lo mismo. Hoy los niveles de voto en blanco y nulo mantienen la tendencia histórica previa a 2001.

Este momento dosmilunoso se ha vuelto más extenso y, en lugar de manifestarse a través de un pico de impugnaciones o votos en blanco, se canaliza depositando la confianza en actores externos a la política o, sencillamente, optando por no concurrir a votar.

—¿Cuánto tiempo se va a sostener esta dinámica?

—Si la solución a la crisis de representación de 2001 fue la reconstrucción de la autoridad presidencial acompañada de bonanza económica, es factible que en la actualidad la receta necesaria sea la misma. Con esto no sugiero que exista hoy una debilidad en la autoridad presidencial —en absoluto—, pero sí resulta evidente la ausencia de un contexto de bonanza económica.

Cuando la economía marcha bien, la ciudadanía no sólo acude a votar, sino que lo hace de buen ánimo. Pero cuando, en medio de este escenario de descontento y desafección, existe una crisis económica que se arrastra desde la pandemia y que aún no muestra una salida promisoria, es allí donde la sociedad comienza a percibir que tal vez el voto no alcance para transformar su realidad.

En el estudio sobre juventudes que elaboramos desde Pulsar junto con la Asociación Conciencia, se indagó sobre el efecto real del sufragio. Al preguntarles qué frase representaba mejor su opinión, el 72% de los jóvenes argentinos de entre 16 y 19 años respondió que votar es importante, pero no resulta suficiente para decidir el rumbo del país. Consideran que el voto importa, pero no genera un efecto transformador directo; es decir, reconocen su valor institucional, pero no lo perciben como una herramienta del todo eficiente.

Es muy probable que esta sensación se encuentre extendida en toda la sociedad, lo cual deriva en un razonamiento lógico: «¿Para qué voy a votar si, en el fondo, no sirve para cambiar mi situación?».

—En este escenario «dosmilunoso», ¿Kicillof es genuino o tiene mucho coucheo?

—Es genuino porque Kicillof nunca ha modificado su estilo. Larreta es genuino en el mismo sentido; siempre comunicó de igual manera, aunque en un momento tomó trascendencia nacional.

Si se analiza cualquiera de las presentaciones de Larreta como Jefe de Gabinete en la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires para explicar la gestión, se observará el mismo discurso actual. La forma de decirlo y de transmitirlo se mantiene inalterable.

Al aspirar a una candidatura presidencial, resulta difícil conquistar al electorado del norte del país con un discurso centrado en kilómetros de plazas construidas, metros cuadrados arbolados u obras de entubamiento.

Las elecciones se ganan con propuestas de políticas públicas, aunque el factor decisivo reside en despertar la pasión ciudadana. Se trata de una atracción emotiva: el anhelo de conectar con un dirigente capaz de interpelar con exactitud para generar el magnetismo indispensable que sostenga la atención del electorado.

Sin necesidad de cambiar de canal, pasar el reel o abandonar el acto. Menem poseía esa cualidad, al igual que Néstor Kirchner. Fernando de la Rúa, en menor medida. Chacho Álvarez la tenía en los años noventa, e incluso Graciela Fernández Meijide. Cristina Fernández de Kirchner también contaba con ese atributo.

Milei proviene de otro espacio, aunque habla al corazón. Todo el espectáculo de los saltos, los festejos y «Panic Show» de fondo hace efervecer al público.

A algunos políticos les cuesta mucho más. Si bien Larreta incorporó ciertos elementos de mayor emotividad, parece haberle costado un poco más.

Kicillof resulta genuino al mantener su postura sin cambios. Y si bien en su forma de comunicar conserva la autenticidad, a Kicillof le falta superar esa barrera y avanzar hacia lo emotivo. Da la impresión de que desde ese lugar resulta difícil conectar con porciones más amplias del electorado.

—¿Existen posibilidades de que Larreta vuelva a ser Jefe de Gobierno?

—Sí, en el escenario actual de la Ciudad de Buenos Aires, absolutamente.

El electorado de la Ciudad de Buenos Aires es el más volátil del país. Se trata de un electorado que convirtió a Fernando de la Rúa en el primer Jefe de Gobierno electo, pocos años después de haber elegido a un senador peronista en 1993 como Ermán González. En 1996 se eligió a Fernando de la Rúa como Jefe de Gobierno. Posteriormente llegó el período de Aníbal Ibarra, seguido por la gestión de Mauricio Macri.

Se pasó de un partido político republicano con ciertos elementos de socialdemocracia como el radicalismo de Fernando de la Rúa a una fuerza progresista de Ibarra, y luego a un partido liberal de centro que terminó por consolidarse como liberal conservador como lo es el PRO.

Al analizar la distribución del electorado se observa, por ejemplo, que el PRO, tras su triunfo inicial, comenzó a conquistar territorio histórico del progresismo. ¿De qué forma se explica la victoria del PRO en 2011 y 2015, por ejemplo, en las Comunas 4 y 8, bastiones históricos del peronismo? ¿Cómo se comprende que Martín Lousteau haya construido una candidatura de corte socialdemócrata y casi venza a Horacio Rodríguez Larreta en un balotaje, en una ciudad que había optado reiteradamente por un partido con amplio apoyo liberal conservador? Al hacer todo este recorrido y revisar la distribución geográfica del voto, se comprueba su constante mutación.

Se trata de un electorado volátil que es mucho más exigente respecto a la eficacia de las políticas públicas y a la consecución de resultados concretos.

Hoy, el problema de la gestión en la Ciudad de Buenos Aires reside en la pérdida de esa eficacia. La entrevista otorgada por Rodríguez Larreta a Carlos Pagni apunta directo a criticar la falta de respuesta en las políticas públicas, un factor que el electorado porteño suele penalizar.

—¿Por qué existe una oportunidad para él?

—Según cómo se configuren los armados y las construcciones electorales, si Rodríguez Larreta emerge como la figura capaz de volver a ordenar una administración que al grueso del electorado le resulta desordenada, ¿por qué no podría ser un candidato competitivo? Sin dudas, cuenta con la posibilidad de competir, ya que en este péndulo ideológico de la ciudad, bien podría presentarse como el dirigente que resolverá los problemas cotidianos de los porteños.

Horacio Rodríguez Larreta en el lanzamiento de Segunda Transformación de Buenos Aires
Cruz: «Larreta podría presentarse como el dirigente que resolverá los problemas cotidianos de los porteños»
—¿Si el PRO de Jorge Macri corre peligro de no llegar a un balotaje en la Ciudad de Buenos Aires, deberá acordar con Rodríguez Larreta?

—Sí, por ese motivo dependerá de cómo resulten los armados. ¿Qué hará el peronismo? Buscará una gran coalición para incorporar a sectores del progresismo con los que compitió anteriormente. Habría que imaginar un cierre donde el peronismo sume a sectores del Partido Socialista, a los partidos socialdemócratas que generalmente compiten en la ciudad por afuera, y a una parte del radicalismo.

El momento y el lanzamiento de Larreta resultaron adecuados, ya que hoy empieza a notarse cierta negatividad sobre la gestión de la Ciudad de Buenos Aires. Dio en la tecla con un punto en la entrevista: comenzó a hablar de las consecuencias económicas del modelo en el distrito.

Rodríguez Larreta marca las falencias en la gestión de la ciudad, sobre todo en un tema clave: la política de basura y reciclado. También señala la situación de las personas en situación de calle, cuya solución por parte del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires es la represión. Después hizo foco sobre las consecuencias económicas del modelo en la jurisdicción porteña, frente a las cuales el gobierno local no hace nada para amortiguarlas. Si estos puntos logran que, de repente, la voz de Rodríguez Larreta empiece a ser más escuchada, el salto a pensar «con el pelado estábamos mejor» resulta automático.

¿Qué sucede si, de repente, la intención de voto del actual Jefe de Gobierno Jorge Macri no repunta? Sería el segundo mandatario en la historia de la ciudad con posibilidades de buscar la reelección que decide no hacerlo. El anterior fue De la Rúa, aunque en su caso se debió al salto hacia una candidatura presidencial. Todos los demás la buscaron y la consiguieron al tener la oportunidad.

—En relación con Patricia Bullrich, ¿se la asocia hoy en mayor medida con La Libertad Avanza o con el PRO?

—Patricia Bullrich es la única dirigente política de la generación 2001 que sobrevive.

Al tomar cualquier monitoreo de opinión pública, se observa que toda la generación política surgida a partir de 2001 tiene hoy un diferencial de imagen negativo, el cual ronda los 20 o 30 puntos. Se trata de dirigentes con 60, 70 puntos de imagen negativa y 30, 40 de positiva.

Esa generación de 2001 fue la que jubiló a la dirigencia de la transición democrática. El «que se vayan todos» se llevó puesta a esa primera camada de la democracia, y en 2001 surgió la nueva generación. Aunque hace más de veinte años que se escucha hablar de los Macri, los Kirchner, los Lousteau y los Massa. De todos ellos, que hoy presentan ese diferencial negativo mencionado, la única sobreviviente es Patricia Bullrich, quien ostenta un diferencial de imagen cero.

Su imagen negativa es tan alta como la positiva. Si el resto tiene menos 20 o menos 30 puntos, ella emerge como una sobreviviente.

—¿Por qué ocurre esto?

—Porque Bullrich ha sabido interpretar los climas de época.

En su momento, al interpretar que el peronismo porteño representaba la modernización necesaria para dejar atrás un partido vetusto y naftalínico, se alió con ese espacio. Al comprender que la discusión pasaba por la reconstrucción de la república, armó su propio partido político; compitió con Recrear y después se integró a la Coalición Cívica. Al notar que la solución ya no radicaba en defender la república, sino en sumarse a una fuerza dispuesta a avanzar desde el centro hacia la derecha —rol que no ocupaba la Coalición Cívica, sino el PRO—, se incorporó al macrismo. Al percibir que el momento se caracterizaba por la bronca y el descontento, similar a la situación de 2001, se alió con el actor político que supo captar ese malestar como el mileísmo y se reconstruyó.

A esto se suma que Bullrich logra conectar con amplios segmentos del electorado. Cuenta con apoyo en adultos mayores, aunque también en los jóvenes. Sabe en qué momento salir a hablar, qué decir y cuándo enviar un mensaje.

Asimismo, Patricia Bullrich acordó con José Mayans la distribución de las comisiones esta semana en el Senado. Hace un mes cruzaban acusaciones severas; luego se sentaron, negociaron y acordaron. Bullrich comprende los códigos de la política. Genera desconfianza en algunos actores, aunque inspira confianza en los necesarios para sostenerse. Parece próxima a tener una disputa con la vicepresidenta, aunque sabe hasta dónde llegar. Si debe lograr acuerdos con el peronismo, va y los concreta sin mayor esfuerzo.

El hecho de que Bullrich haya ido al Senado y que Diego Santilli se haya acercado al Ministerio del Interior le aportó a la mesa política del Gobierno una experiencia de negociación de la cual La Libertad Avanza carecía. El resultado quedó a la vista con la aprobación exprés de la reforma laboral.

Patricia Bullrich en el Senado
Facundo Cruz: «Patricia Bullrich ha sabido interpretar los climas de época»
—¿A Santilli se lo puede proyectar como candidato a gobernador de la Provincia de Buenos Aires?

—Él mismo se autopercibe como candidato a gobernador. Hoy, cualquier dirigente que integre una lista violeta resulta competitivo. Santilli quiere disputar la gobernación y es probable que lo intente nuevamente. Lo que no siempre resulta claro es por qué hay dirigentes con esa aspiración en la Provincia de Buenos Aires, al conocer las dificultades de gestión y presupuestarias existentes, además del riesgo de que cualquier escándalo arrastre a la administración.

La estructura necesaria para gobernar una provincia con 135 municipios —lo que implica 135 líderes locales— y una legislatura a veces difícil de administrar y de convivir, sumado a la creencia de que se trata de la plataforma ideal para alcanzar la presidencia, conforman la maldición de la Provincia de Buenos Aires. Es un trampolín, sí, aunque no parece permitir un salto alto; la trayectoria suele quedar a mitad de camino.

Los nombres abundan. Eduardo Duhalde resultó electo presidente por Asamblea Legislativa, y representa el único caso. El resto de los aspirantes que intentaron saltar de la Provincia de Buenos Aires a la carrera presidencial quedaron a mitad de camino.

¿La Provincia de Buenos Aires es una plataforma nacional? Sí. También lo es la Ciudad de Buenos Aires.

Hay más partidos políticos en la Ciudad de Buenos Aires que en la provincia, con apenas un quinto de la población. Esa es la potencia del distrito porteño. De hecho, la ciudad aportó a los últimos presidentes de la Argentina: no solo Fernando de la Rúa, sino también Mauricio Macri, Alberto Fernández y Javier Milei. Todo esto desde la reforma de la Constitución.

Con la autonomización de la ciudad, el radicalismo no solo pensó en conservar un bastión —el cual retuvo cuatro años para luego perderlo—, sino que generó un cambio en la dinámica competitiva del país: los porteños volvieron a elegir presidente, o al menos a posicionar a un candidato competitivo. A pesar de esto, la Provincia de Buenos Aires continúa como el trampolín elegido por muchos.

—¿Por qué en el peronismo no se consolida un acuerdo entre Cristina Fernández de Kirchner y Axel Kicillof? ¿Se proyecta un peronismo unificado hacia 2027?

—El peronismo actual atraviesa una discusión de nombres, aunque atada a un debate programático aún pendiente. Hoy, lo único capaz de mantener unido al justicialismo es el enfrentamiento con Javier Milei y la lógica de la unidad por la unidad. Aunque carece de una discusión programática de fondo.

Al carecer de pilares programáticos como base, y sin una propuesta política —sobre todo económica— para ofrecer a la sociedad, cualquier danza de nombres resulta estéril. ¿Habrá algún acuerdo? Sí, se llegará a algún consenso, aunque sin zanjar la discusión de fondo.

El peronismo aún no tuvo la resolución de la sucesión de liderazgo de Cristina Kirchner por la vía electoral.

Ocurrió entre la renovación y el peronismo tradicional en los años ochenta. Sucedió en 2003 con la discusión Menem-Duhalde y en 2005 con la disputa Menem-Kirchner.

Se repitió en 2017 con la discusión de Cristina Fernández de Kirchner contra todos, y así sucesivamente. Cada vez que existen momentos de sucesión de liderazgo, hay una elección que lo resuelve. Ahora no sucede así.

Actualmente hay una situación de punto muerto donde nadie quiere poner primera, ya que la principal dirigente política continúa bajo arresto domiciliario. Al no lograr presentarse a competir, ¿por qué habría de bajarse de la discusión política si todavía conserva capital político y nadie la venció en una elección? Por este motivo, el peronismo debe llevar adelante, por primera vez en su historia, una discusión sobre la transición o sucesión del liderazgo por la vía del acuerdo, y no hay mucha costumbre de ello.

Cuando el peronismo llega a un momento de horizontalidad, va a una elección, se zanja la discusión y allí aparece el principio básico: el que gana conduce, el que pierde acompaña.

Ahora existe un momento de horizontalidad en la mesa y falta un proceso electoral. Por ese motivo, el peronismo también necesita las PASO.

De lo contrario, será la primera vez en la historia que se acuerde una sucesión de liderazgo por la vía del acuerdo y no por las elecciones.

—¿Qué le hace falta a Milei para pavimentar su camino hacia la reelección?

—La paciencia con la motosierra y el ajuste llega a su punto crítico. La tolerancia ciudadana ha tocado su límite.

Por lo tanto, si se mantiene el escenario actual donde el reclamo es «no me alcanza para llegar a fin de mes» y eso se extiende y generaliza, resultará difícil para La Libertad Avanza pavimentar el camino a la reelección.

Se necesita contener el principal problema económico del gobierno, el cual es el desempleo y la actividad económica freezada. La pérdida de empleo formal hoy, a diferencia de los noventa, es absorbida por la precarización laboral de las aplicaciones, y por ahora la situación se sostiene. Se desconoce por cuánto tiempo eso sostendrá el humor social.

Hoy la agenda económica es la preocupación de casi la mitad de los argentinos, dividida entre desempleo, pobreza e inflación. La otra porción de la Argentina señala como preocupaciones principales la corrupción y la inseguridad.

Al cruzar esos datos por votante, el electorado peronista señala que la inquietud principal es la agenda económica, sobre todo el desempleo. El votante no peronista, identificado con La Libertad Avanza, ubica primero a la corrupción y luego a la inseguridad. Para pavimentar la reelección, Milei debe atender los problemas de la agenda económica. Y no parece haber muchas soluciones para ello.

Por más que el Gobierno afirme tener una agenda liberal y asegure que el mercado dará trabajo, la gente seguirá con la idea de que esta administración no genera empleo. Y al entrar en esa dinámica, resulta difícil salir.

 

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