De las bases militares de Alfred Mahan, a las «bases militares tecnológicas» de Sillicon Valley: la geopolítica imperial.
La experta en dinámicas de poder, Rikap, expone en su último libro la forma en que Google, Microsoft o Amazon controlan las cadenas de valor mundiales.
La economista Cecilia Rikap (Buenos Aires, 42 años) lleva años investigando las dinámicas de poder asociadas al crecimiento de las grandes tecnológicas. En su último libro, Teoría de la dependencia digital (Caja Negra), adapta a la actualidad la teoría de la dependencia, surgida en los años sesenta para explicar la importancia de las raíces estructurales del subdesarrollo económico del Sur Global. La autora defiende que ese es el enfoque más adecuado para entender el alcance de la influencia sistémica de empresas como Amazon, Microsoft o Google.
Rikap es profesora del University College London y responsable de investigación del Instituto para la Innovación y el Propósito Público (IIPP) de ese centro, que dirige Mariana Mazzucato. Las primeras palabras de su libro son una cita de 2024 del presidente de Argentina, Javier Milei, en la que promete convertir el país en una potencia de la inteligencia artificial (IA).
Pregunta. ¿Por qué decidió arrancar con eso?
Respuesta. Ilustra los intereses de la extrema derecha en relación con las tecnologías digitales. Básicamente, contiene tres mensajes. En primer lugar, la creencia de que la IA va a generar un crecimiento económico descomunal. No es así. Aunque puede aumentar la productividad para unos, al mismo tiempo genera un desplazamiento de trabajadores a sectores menos productivos que son tomadores de empleo, como el de la economía de plataformas, para asumir el mismo nivel de demanda. El efecto macroeconómico termina siendo muy bajo. En segundo lugar, Milei señala que un país como Argentina tiene todo lo necesario para ser una potencia en IA, y ahí aparecen las otras dos mentiras. Una tiene que ver con el empleo. Milei confunde a los desarrolladores de software, que son quienes realizan tareas más repetitivas y automatizables, con los científicos e ingenieros que conciben y desarrollan los modelos, que están en EE UU y reciben los mejores sueldos. Y la otra se refiere a que, en la Patagonia, tenemos las condiciones para la instalación de centros de datos, ya que es un territorio frío, como si dejar que florezcan esas infraestructuras fuera bueno.
P. ¿Por qué no deberían quererlas?
R. Los centros de datos no son como las fábricas de autos que en el pasado se instalaron en Argentina y Brasil, generando transferencia tecnológica y el surgimiento de empresas de la industria auxiliar. Un centro de datos, más allá del empleo de construcción, no conlleva empleo. Solo necesita algunos técnicos que controlen que todo funcione. Tampoco generan encadenamientos productivos, funcionan como si fueran bases militares en territorio extranjero, y con eso quiero enfatizar la poca capacidad de control que tiene un gobierno sobre lo que ahí sucede. Lo que sí hay es extractivismo de recursos naturales, consumo masivo de energía eléctrica y de agua que incluso van en detrimento de la posibilidad de desarrollar otro tipo de economías regionales.
P. ¿Por qué considera adecuado el enfoque de la teoría de la dependencia para estudiar el mundo digital?
R. Creo que introduce matices que son extremadamente relevantes para pensar la complejidad del capitalismo digital. El más importante es la idea de los cómplices locales: el subdesarrollo no se explica solo por la responsabilidad de quienes están en el centro del capitalismo global, sino que tienen cómplices que operan en las periferias tanto a nivel económico como político. Este marco explica por qué empresas de plataformas como Mercado Libre o Rappi en América Latina o SAP en Europa operan dentro de los ecosistemas predatorios de los gigantes tecnológicos en lugar de pensar en producir tecnología de manera distinta. Identificar a estos cómplices, corporativos o políticos, es fundamental para pensar la política en nuestros países.
P. Dice en su libro que los Estados están cada vez más subordinados a las Big Tech.
R. Hay varios niveles de apropiación del Estado. El más obvio sería el lobby. El siguiente es convertirse en hacedor de política. Ustedes publicaron en EL PAÍS cómo la Comisión adoptó en su normativa casi palabra por palabra la propuesta de Microsoft y otras empresas [para no tener que publicar el consumo de recursos de sus centros de datos]. Esto no es nuevo. En los años 90 se aprobó el acuerdo TRIPS de propiedad intelectual, que coincidía con los borradores preparados por empresas como Microsoft, IBM o Pfizer. Pero yo te diría que hay un tercer nivel, que es que las tecnologías digitales son tecnologías de gobierno.
P. ¿A qué se refiere?
R. El funcionamiento de la Administración se volvió dependiente de las Big Tech, los servicios públicos no pueden funcionar sin su tecnología. La Administración no tiene ningún tipo de acceso al código de esos programas y sistemas, pero son indispensables para el funcionamiento cotidiano de la educación, la salud o la seguridad. Eso afecta a las capacidades de regulación. Y también a la acción de gobierno. P. ¿En qué sentido? R. Para gobernar necesitas información, pero no sirve con tener los datos en listados largos: hay que analizarlos y extraer inputs para convertirlos en útiles. Ese proceso cada vez se realiza más con tecnología de los gigantes tecnológicos. Esta subordinación tecnológica, sumada a que dentro de los gobiernos suele haber cómplices locales, nos vuelve a remitir a la teoría de la dependencia.
P. Usted participó en el foro de líderes progresistas celebrado en abril en Barcelona. ¿Qué sensibilidad vio entre los asistentes en torno a estos temas?
R. Hay una concienciación muy grande sobre el peligro de las redes sociales. Pero las redes son la punta del iceberg. En el ADN de toda empresa está maximizar sus beneficios; el problema no solo es haber delegado en estas multinacionales los ámbitos de encuentro que son las redes sociales, sino haberlas convertido en fundamentales para el propio funcionamiento del sector privado y público. Creo que a los líderes todavía les cuesta mucho ver esto. Empiezan a observar un problema de soberanía digital gracias a Trump, pero no concluyen que lo que hace falta es tecnología gobernada por instituciones democráticas. Esto no va de cambiar una empresa estadounidense por otra europea, sino de repensar cómo se produce tecnología, qué tecnología queremos. Yo no veo todavía una posición clara y crítica en torno a estas cuestiones.
P. Usted desarrolló el concepto del monopolio intelectual. ¿Cómo lo resumiría?
R. Hace referencia al entramado que montan estas empresas para controlar la producción de conocimiento, incluso más allá de sus propios laboratorios de I+D, y a cómo se apropian de ese conocimiento científico y diseñan agendas de investigación. Lo vemos en las grandes tecnológicas, que orquestan sistemas de innovación corporativos en cuyo centro está la empresa y a cuyo alrededor hay un montón de actores, como startups, empresas de tamaño medio, universidades u organismos públicos de investigación. Todos ellos producen piececitas de un rompecabezas que solo puede armar el monopolio intelectual, que además es quien extrae el beneficio.
P. ¿Hasta qué punto ha intensificado el despliegue de la IA generativa estas dinámicas que describe?
R. Ha hecho que el flujo de datos hacia los monopolios intelectuales sea muchísimo más diverso y sirva para mejorar los algoritmos a una velocidad inédita. El resultado es una estructura productiva que está completamente estratificada. La brecha entre el monopolio intelectual y el resto se expande; el hecho de que empresas y administraciones usen sus plataformas expande su dominio y les permite controlar cadenas de valor enteras. Es decir, dictar cómo se produce y cómo se trabaja en empresas que formalmente no son de su propiedad. Parecería que entre ellas hacen intercambios mercantiles, pero lo que hay de verdad es una relación de planificación autoritaria donde el monopolio intelectual orquesta porciones del capitalismo global.
P. ¿Cómo?
R. El lugar donde después se vende y desde donde se accede a la IA es cada vez más la nube de Amazon, Microsoft o Google. Cuanto más usamos la IA, más dependemos de estas empresas. Si el día de mañana nos damos cuenta de que la IA generativa no cumple ninguna promesa, eso ya dará igual, porque para ese momento vamos a estar operando tan dentro de la nube que el costo de salir va a ser apagar todos nuestros sistemas, nuestra capacidad de trabajo y de socialización. La IA generativa les viene como anillo al dedo a las empresas de la nube.
P. ¿Cuál debería ser la respuesta de las instituciones ante este proceso?
R. La búsqueda de la soberanía digital es una oportunidad para discutir colectiva y democráticamente qué tecnología queremos, qué datos queremos que se recuperen, cuántos centros de datos queremos instalar y dónde. Desde lo individual, como trabajadores, hace falta organización sindical que vaya más allá de pelear por el salario: hay que pensar cómo y hasta dónde queremos usar estos modelos de IA. Los movimientos sociales deben ayudar a comunicar todo esto de la manera más simple posible. En cuanto a los gobiernos progresistas, resumiría lo que les falta en dos palabras: imaginación política. O cojones, como dicen en España.
P. ¿Por dónde empezaría usted?
R. Hay que regular estas empresas, tienen que pagar más impuestos, pero con eso no va a alcanzar. Hace falta producir alternativas, ecosistemas enteros distintos, y para eso se puede empezar chiquito, por la propia Administración, haciendo que dependa menos de las tecnológicas. Se puede arrancar, por ejemplo, por la educación, sacando el ecosistema de Google de las escuelas y haciendo uno propio. Seguramente va a haber código que se pueda replicar en otros sectores, como el de la salud. En Barcelona vimos que, si los países trabajan juntos, pueden poner en común sus centros de datos soberanos. Tenemos los medios para hacerlo.
Manuel G. Pascual
El País, España.

