Las devaluaciones pueden mejorar la competitividad de precios en el corto plazo, pero si la estructura productiva no cambia, el efecto desaparece rápidamente.
Horacio Augusto Pereira
En la discusión económica argentina hay una explicación que aparece una y otra vez cuando la industria pierde competitividad o las exportaciones se estancan: el tipo de cambio está atrasado. La solución, entonces, parece obvia. Devaluar.
Sin embargo, cuando se analizan los datos de las últimas dos décadas, la evidencia sugiere que el problema central de la competitividad argentina no está tanto en el nivel del tipo de cambio real como en la evolución de la productividad.
Al analizar el periodo 2004-2025, se observa que el tipo de cambio real argentino ha atravesado fuertes fluctuaciones —como es habitual en una economía macroeconómicamente inestable—, pero en promedio se mantuvo dentro de rangos históricos comparables. La productividad, en cambio, muestra una tendencia mucho más preocupante: un virtual estancamiento desde fines de la década de 2000.
Dicho de otra manera: mientras el precio relativo entre bienes transables y no transables sube y baja con cada ciclo macroeconómico, la capacidad de producir más y mejor prácticamente no mejora.
Este dato cambia bastante el diagnóstico. Durante años, buena parte del debate económico local asumió que los problemas de competitividad se explicaban fundamentalmente por episodios de apreciación cambiaria. Esa lectura llevó a que muchos gobiernos buscaran soluciones recurrentes en el mismo lugar: devaluaciones, controles cambiarios, múltiples tipos de cambio o intervenciones en el mercado de divisas.
El problema es que esas soluciones siempre terminan siendo transitorias. Las devaluaciones pueden mejorar la competitividad de precios en el corto plazo, pero si la estructura productiva no cambia, el efecto desaparece rápidamente. La inflación se acelera, los costos vuelven a subir y el tipo de cambio real termina apreciándose otra vez.
La historia económica argentina está llena de estos ciclos y la razón es simple: la competitividad de largo plazo depende mucho más de la productividad que del nivel del tipo de cambio. Esto es algo ampliamente documentado por la literatura económica internacional. Países que lograron consolidar procesos de desarrollo sostenido —desde Corea del Sur hasta Irlanda— lo hicieron a partir de mejoras persistentes en productividad, inversión y acumulación de capacidades tecnológicas.
En Argentina ocurre exactamente lo contrario. Uno de los datos más reveladores es la tasa de inversión. Desde mediados de la década de 2000, la inversión en Argentina se ha mantenido sistemáticamente por debajo del 18% del PIB, un nivel bajo en comparación con otras economías emergentes que han logrado expandir su base industrial y exportadora.
Para tener una referencia, muchos países que atravesaron procesos de industrialización o modernización productiva sostuvieron tasas de inversión cercanas o superiores al 25% del PIB durante largos períodos.
Sin inversión, la productividad no crece. Y sin productividad, la competitividad se vuelve cada vez más dependiente del tipo de cambio. Es decir, de un precio relativo extremadamente volátil.
A este problema se suma otro factor estructural: la inestabilidad macroeconómica crónica. Inflación alta, crisis cambiarias recurrentes, cambios permanentes en las reglas de juego y horizontes de planificación muy cortos desalientan las decisiones de inversión de largo plazo.
En ese contexto, las empresas tienden a adoptar estrategias defensivas en lugar de apostar a procesos de modernización productiva. El resultado es una economía que discute permanentemente el precio del dólar, pero mucho menos las condiciones necesarias para producir más eficientemente.
Esto no significa que el tipo de cambio sea irrelevante. En economías abiertas, el nivel del tipo de cambio real influye sobre la rentabilidad relativa de los sectores transables. Pero cuando la productividad está estancada, el tipo de cambio termina funcionando como un sustituto imperfecto de reformas estructurales que nunca se encaran.
En lugar de discutir únicamente si el tipo de cambio está atrasado o adelantado, la pregunta más relevante debería ser otra: por qué la productividad argentina lleva más de quince años sin crecer de manera significativa.
Responder esa pregunta implica mirar más allá de la coyuntura cambiaria. Significa discutir inversión, estabilidad macroeconómica, infraestructura, innovación, integración a cadenas globales de valor y políticas productivas capaces de aumentar la escala y la sofisticación de la estructura económica.
En definitiva, el tipo de cambio puede dar alivio momentáneo. Pero la competitividad duradera no se devalúa: se construye.

