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El triunfo de la indiferencia

Carlos Leyba

El triunfo de la indiferencia
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Milei no ofrece un proyecto sugestivo de vida en común. Tal vez por eso, en las elecciones, ganó la indiferencia.

Dijo Milei «nosotros consideramos que aquellos que fugaron la plata no son delincuentes, son héroes que lograron escapar de los hijos de puta de los políticos que les querían romper el orto con el impuesto inflacionario» (IAEF 13/5/25).

¡Que orgullo ante la calidad poética de esas palabras y la originalidad de esos conceptos! ¿Vergüenza ajena? Es poco.

¡Que orgullo el aplauso de los miembros del IAEF! Prósperos de finanzas prósperas, hijos, tal vez nietos, de esa sociedad que fue, hasta 1975, una matriz de ascenso social que implicaba, entonces y por cierto no ahora, buena educación y un cierta asimilación de estilo.
Tiempos en fuga.

«Política» y «buena educación» -palabras cotidianas- están íntimamente asociadas. No es difícil comprender que, sin buena educación, la política (el diálogo, el entendimiento, la discusión de las ideas para -desde el Estado- construir el progreso de la Nación) se torna imposible.

En el origen de nuestra democracia, la paideia, la educación para la vida social, la moral cívica, la capacidad de escucha y diálogo eran «virtud»: imprescindible entonces y lo son ahora: ser educado para discutir, convencer y decidir.

La alternativa incivilizada es la violencia, primero de las palabras «hijos de puta», «romper el orto», a la que inevitablemente le ha de suceder la violencia física. Dime de dónde vienes y te diré quién eres. ¿No es así?

Toda decadencia, social y personal, está asociada a la degradación de la palabra que nos distingue en el reino de la naturaleza.

Tres observaciones. Primera: Alejandro Poli Gonzalvo, en LN 13/5/25, tituló «El Rodrigazo y el fin del contrato social argentino» y en esa nota, más allá de su, harto discutible, contenido, concluye -imposible no compartir – que, desde entonces (1975) «la sociedad argentina vio esfumarse los valores esenciales de sus mayores». Un punto de quiebre en todas las dimensiones de la vida social. El presente, abrumador, es consecuencia de 50 años de decadencia mensurable con cualquier indicador.

Segunda observación: en «LN»- un día después- Luciano Roman, tituló «El peligro de una Argentina que solo mira ‘su quintita'» y se preguntó si «¿Parte de la sociedad está dispuesta a cultivar la apatía? Una imagen parcial en un bingo (una mujer muerta mientras los apostadores siguen jugando en sus maquinitas)puede ser interpretada en un contexto más amplio: el de la indiferencia ante los insultos y exabruptos del poder».

Párrafo aparte merece el «lugar»: bingo, juego, «la cultura Angelici» que todo lo invade, políticos asociados, etc. El juego se liberó después de 1975.

Todo conecta «la sociedad argentina vio esfumarse los valores esenciales de sus mayores» (APG), «insultos y exabruptos del poder» (LR).
Roman se pregunta: «¿No es un síntoma o una metáfora de una sociedad tentada de mirar hacia otro lado? ¿No muestra un germen de indiferencia y apatía que también se nota en otros planos de la vida pública?».

A propósito de esa pregunta, la tercera observación: el proceso electoral de la semana pasada confirma la prevalencia del estado de ánimo de desinterés -desapego o indolencia- contundente donde se realizaron elecciones.

El «partido de la indiferencia» ha sido mayoritario: la mayor parte de los ciudadanos decidieron no ir a votar. En Jujuy, ese partido, sumó 35% del electorado. El que más votos sacó, entre los que fueron a votar, obtuvo 25% del electorado. Con un pucho «ganó las elecciones». Nadie estaba proscripto. Le fue mucho peor al partido que «ganó» en Salta: del total del electorado lo votó 16% y el partido de aquellos que no fueron a votar más que duplicó los votos del «ganador» sumando 40% de desinterés. La misma o peor suerte, tuvo quien triunfó en el Chaco: el «ganador» logró 23% de los habilitados para votar, pero los que no fueron duplicaron esa cifra, 49% de abstención. Al «ganador» en San Luis le fue mejor: ganó con 31% de las votos, pero perdió contra «la indiferencia» que juntó 40% del electorado.

Los hechos contradicen el discurso imaginario de prestigiados analistas políticos: esta muestra del «interior profundo» no votó a favor de nadie, tampoco del partido libertario. Votó en contra de los «partido del Estado», como define Milei a los partidos menos aquel que él, ahora, está formando con los residuos impresentables de los otros partidos. El acto libertario en «Palermo» así lo reveló: con todo el Gabinete nacional presente, estallaron, en la pantalla de TV, jóvenes (que hablaban igual al periodista militante de LN+ E. Trebuck) que reclamaban la paga prometida por ir al acto disfrazados con camisetas violeta y no muy comprometidos con las «ideas de la libertad».

Volviendo a las cuatro provincias: también los resultados fueron en contra del «partido del mercado…financiero» que es el que, todos los días, celebra el festival del «carry trade» y que recibe, para alargar su rentabilidad, la garantía del dólar futuro asistido por -más o menos- US$ 800 millones ofrecidos por quien, hasta ahora, es «El Zorro», «un enmascarado anarcocapitalista» no identificado (¿será el BCRA?) que puso «de pura buena onda» ese seguro gratuito para garantizar que no se estrellarán los ciclistas financieros que necesitan un dólar aplastado para materializar la ganancia. El dólar atrasado, la Argentina cara en dólares.

En el Congreso de IAEF, dijo Isela Constantini, una de las líderes de la empresa que adquirió Mercedes Benz: «Hoy es muy caro producir en la Argentina» y luego Marcelo Álvarez, de la Barrick, señaló «con el RIGI no alcanza…la inversión aquí es mucho más compleja que hacerla en Chile… el inversor entre ir a Chile o venir a la Argentina (donde) tiene que construir la ruta…su propia línea eléctrica, va a tomar la decisión de irse a un país donde todo eso ya está».

Aclaración que, en esta Argentina insólita, es necesaria: el capitalismo para funcionar requiere, entre otras cosas, de la infraestructura que es consecuencia de la inversión pública. El único sector que no requiere de infraestructura pública -en el sentido de obra- es el sistema financiero. Justamente el último informe del Indec sobre el Estimador Mensual de la Actividad (EMAE) dice «La actividad de Intermediacion financiera (30,2% ia), a su vez, fue la de mayor incidencia positiva en la variacion interanual del EMAE».
Está claro: el sector financiero vuela. Y alguien o algo lo sostiene. Pero la Argentina está cara para producir (I.Costantini) y hasta que el Estado no aporte infraestructura, la minería… (M.Alvarez).

Los aplausos, en el IAEF, a favor de la fuga de capitales, a favor de la violación de las leyes -no a la modificación de las mismas- conforman una extraordinaria síntesis de lo que muy bien relata Poli Gonzalvo y lo que denuncia L.Roman y la reacción peligrosa que, contada por los votos, podemos llamar el triunfo de la indiferencia.

La indiferencia es la peor enfermedad de la democracia: es la renuncia a ejercer el mínimo acto de la ciudadanía que es «elegir». Hasta el voto en blanco es una elección. Pero no votar es declarar la inutilidad del sistema. Milei ganó limpiamente las elecciones motivado por la indignación mayoritaria: los que votaron, abrumadoramente entonces, eran los nietos de los que habían disfrutado del progreso colectivo de una Argentina anterior al «rodrigazo» que – como señaló Poli Gonzalvo – en » La década del 60, con su robusto 4,5% promedio anual de crecimiento, era la mejor garantía de un vigoroso desarrollo de la clase media argentina y de una movilidad social única en América Latina. Esta situación se derrumbaría por completo en las décadas siguientes. De 1973 a 2002 el PBI creció un paupérrimo 0,7% promedio anual, absolutamente insuficiente». En 1974, la EPH estimó en 4% la población en la pobreza en la Argentina. La mayor distancia con aquel mundo es que hoy, el núcleo duro de la pobreza, orilla en 30% de la población y desde que alcanzó máximos de escándalo nunca bajó de 25%.

Desde ese entonces, que ha retratado Poli Gonzalvo en La Nación, la política argentina ha sido incapaz de proponer un «proyecto sugestivo de vida en común», una vocación de diálogo y consenso y por lo tanto un diseño, con pilares compartidos, que sostengan el largo plazo. Sin largo plazo no hay crecimiento posible. Y no hay largo plazo sin un Plan integrado.

¿Qué lógica tiene un RIGI -escandalosamente generoso- que retira la inversión pública?

Retiran la inversión pública con afán engañoso de lograr «equilibrio fiscal» presente (hay otras formas de lograrlo), a costa de un desequilibrio estructural en el futuro inmediato: no habrá inversiones gigantes (lo dice un Ejecutivo de Barrick) porque hay espacios más atractivos donde las condiciones requeridas se cumplen. Además, hoy se hace difícil sacar la producción ya existente por rutas y caminos en franco deterioro, por cierto, no desde esta gestión sino desde hace años.

Entender al sistema capitalista es entender la función del Estado eficiente. Es lo que ocurre en Occidente. Entender, al sistema capitalista, es entender el Bien Común.

No se trata de «sostener» indicadores de «estabilidad» a base de santificar el delito de negrear o fugar.

El discurso de Milei (IAEF) señala que estamos ante una tangente elaborada por Caputo II, experto en plata dulce. Recuerde: «En el programa de J. Lanata, L. Fariña y F. Elaskar, confesaron que habían sacado plata negra de L. Báez del país. Se los encontró culpables de blanquear al menos US$ 60 millones. Esa plata terminó lavada a partir de la compra de bonos argentinos que fueron vendidos y el dinero, reingresado al país. Esa plata negra provenía supuestamente de la evasión fiscal de las empresas constructoras de Báez» (LN 14/5/25).

«Nosotros consideramos que aquellos que fugaron la plata no son delincuentes, son héroes que lograron escapar de los hijos de puta de los políticos que les querían romper el orto con el impuesto inflacionario». No parece un proyecto sugestivo de vida en común y tal vez por eso, en las elecciones, ganó la indiferencia.

Carlos Leyba
16 mayo de 2025
El Economista

 

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