Un influyente asesor presidencial justificó no comprar reservas con un argumento político que desató alertas en el mercado y reveló un acuerdo oculto.
«Mirá si el Gobierno va a aumentar reservas para que después se las patinen los populistas» (Perfil, 30/10).
Con esta expresión desafiante y provocadora J. C. de Pablo – amigo, confidente y asesor del Presidente, asesor de Gerardo Martínez, el líder sindical de la UOCRA y que representa a la CGT en el Pacto de Mayo- dio la razón política (la económica sería más difícil) para endeudarse al infinito con tal de no comprar Reservas por parte del BCRA.
Comprar Reservas, el BCRA, en el mercado, es emitir pesos que podrían generar un alza de la cotización y un impacto de precios. Para Milei es convocar a Satanás: nada superior a la lucha contra la inflación y no importa lo que cueste a futuro.
Un costo futuro es, por ejemplo, el estado calamitoso de las rutas que ha llegado a la queja en «Cartas de Lectores» de La Nación. Desde que Menem – que no llegó con vida a asistir a la condena por Rio Tercero – el país tiene menos y peores trenes, el transporte por camión es un costo dramático para lo exportable del interior del país. Toda política tiene consecuencias: hay que preverlas. Volvamos.
La aclaración de De Pablo de la razón política, supone que para el gobierno su estrategia no estaría desactivando de manera definitiva la aparición de una «política populista».
No es buena noticia para «el mercado» que para los libertarios «el riesgo populista» sea permanente y nada peor para «la confianza» que un «riesgo» se agite. Y menos que implique consecuencias enormes, como no comprar Reservas.
Esta política, según De Pablo, no desactiva la viabilidad de un acceso populista al gobierno: no desactiva los «argumentos» populistas o no «resuelve» los problemas que los «populistas» agitan. Y como no los resuelve, da entender De Pablo, no puede acumular Reservas porque – el eventual acceso del populismo – las dilapidaría.
Entonces el gobierno no las acumula – ¿aunque las necesite? – para que el eventual acceso de los populistas no las dilapide. Es decir permanecerá en el «estado equivalente al posterior a la dilapidación». Lo que es lo mismo que decir que no se podría hacer lo que hay que hacer (sí, como hay consenso entre los economistas locales, el FMI y creo que hasta Bessent) que es acumular Reservas porque hacerlo sería …
Detrás de esta expresión hay un segundo concepto político más sólido: las Reservas no serán necesarias porque se supone que habrá, sine die, un «cañoducto» de dólares provisto por S.Bessent, cada vez que sea necesario y sin límites.
Eso, no olvidarlo, de una manera u otra significa deuda y seguramente otros compromisos.
Concretamente en estas horas los analistas del mercado han detectado que los dólares con los que Bessent compró pesos han estado colocados en una letra del BCRA que rindió intereses (una suerte de base de carry trade) y que habrían partido en estas horas de vuelta a casa gracias a la activación del swap de monedas entre EEUU y nuestro país. Es decir «una nueva deuda» nos salvó de la catástrofe, sumada a los dólares liquidados con urgencia, al costo recaudatorio de la renuncia fiscal a las retenciones.
De nada de ello hay abundante información pública como con el destino del oro del BCRA.
El silencio es una virtud, pero a veces – y sobre todo con las cuestiones públicas – se convierte en vicio.
Al respecto, sobre el silencio, es interesante recordar que el ex presidente español, J.M. Aznar dijo en el seminario de ABECEB frente a más de 1000 espectadores calificados: «EEUU apoyará plenamente, toda vez que la Argentina cumpla con lo acordado». Seguramente Aznar conoce lo acordado. Tres veces repitió lo mismo ante la pregunta formulada en el escenario. Tres veces: «lo acordado» y mirando pícaramente a quien lo entrevistaba.
Nosotros, los argentinos, el público, los ciudadanos, no sabemos «lo acordado».
Pero – por la seguridad con que lo dijo Aznar que navega esas altitudes – un acuerdo, que hoy es misterioso, debe de haber.
A nivel promesas y pistas indiciarias, en el mismo escenario, antes y después, el politólogo A. Malamud, sostuvo – acompañando de hecho lo del «acuerdo» implícito – la idea de «desarrollo por invitación» al que estaríamos invitados por EEUU.
Lo del «desarrollo por invitación» sería el nuevo nombre para la vieja idea del «desarrollo atado a la locomotora» y que se ha producido a lo largo de la historia del capitalismo.
En la economía Occidental, hasta la caída del Muro y el fin del comunismo en la URSS, EEUU «invitó al desarrollo» a toda el área de frontera del socialismo: primero Europa Occidental y el Plan Marshall, el Japón, el sudeste asiático y – podríamos decir – después de la caída del Muro hasta a la China.
A todos esos países EEUU les abrió su mercado y les derivó sus inversiones y tecnologías, generando sustanciales aumentos de la productividad, enorme competencia y déficits gigantes de los EEUU.
En los 90 Lester C Thurow, en su polémica «Cabeza a Cabeza: la batalla económica entre Japón, Europa y América», advertía de las consecuencias, para los EEUU, del éxito del desarrollo provocado como consecuencia de la geopolítica ante el Comunismo como vecino de esos países.
EEUU abrió sus mercados y generó una réplica de su desarrollo tecnológico e industrial para fortalecer su competencia política. Posteriormente fue la China. Niall Ferguson, en su papel de historiador, designó a principios de este Siglo a «Chimérica» como un nuevo continente económico en el que el capital y la tecnología disparadoras, fueron provistas por EEUU. China creció a una velocidad arrolladora y – de alguna manera – ambas economías se fusionaron: EEUU abrió su mercado y con los salarios baratos de China combatió las presiones inflacionarias internas que se trasladaron a los activos. Sabemos las consecuencias.
Ferguson simplificó, con acierto y datos, que los chinos ahorraban y los estadounidenses consumían, que los chinos se dedicaban a la manufactura y los norteamericanos a los servicios; los chinos exportan y los yanques importan; los chinos acumulan reservas, los estadounidenses déficit, pero generan dólares y todos los países los quieren y, a pesar de que el dólar es una moneda puramente fiduciaria desde 1971, es – por ahora – la moneda de Reserva.
Las consecuencias de esta diferencia de conductas y resultados nos ha traído hasta Trump, aunque J.Biden había comenzado con la misma preocupación.
La novedad de este tiempo es que las Reservas de muchos países se «metalizan» (oro) y al hacerlo se «desdolarizan». Dato a tener en cuenta en términos de la invitación que dicen nos han formulado. Una nota al pie. ¿si las Reservas se metalizan y hay un proceso, tenue, de desdolarización, seremos nosotros los que apuntalen la «redolarización?
La conclusión de este resumen es que la «buena invitación al desarrollo» es abrir el mercado poderoso del que invita, para que los bienes producidos por el invitado, como consecuencia de las inversiones, la tecnología y el empleo productivo y competitivo generados por el que invita, ocurran en el país invitado.
Es decir la «ayuda al desarrollo» como señaló Pablo VI en 1967, es la «cooperación entre los pueblos … (para resolver) el desequilibrio entre países ricos y pobres… (terminar) el neocolonialismo y afirma el derecho de todos los pueblos al bienestar». En síntesis, el «desarrollo de todos los hombres y todo el hombre».
Sin lugar a dudas, y dentro de los términos del Estado de Bienestar, eso es lo que ocurrió en los países a los que EEUU invitó abriendo el mercado y poniendo las inversiones y la tecnología. Las dos cosas. ¿Lo podemos esperar?
No hay nada nuevo en esta relación de «centro y periferia» desde F. Braudel a R. Prebisch y hasta P. Krugman la idea de «centro y la periferia» apunta a la comprensión del desarrollo de la economía mundial. Justamente, J. Attali en su obra «Lignes d`horizon» (1990), en la misma frecuencia, trabaja la idea de «ciudad corazón» que concentra lo esencial del poder financiero, técnico, cultural, ideológico y su moneda, dice Attali, domina los intercambios internacionales. Interesante para reflexionar sobre el proceso de relativo retroceso del dólar como moneda de Reserva (y en consecuencia de intercambio) y la sorprendente mutación ideológica de Nueva York (ciudad corazón) en estos días.
En todo caso ¿las ideas reveladas de D. Trump apuntan al desarrollo como lo planteamos aquí? ¿Ese es el acuerdo que cita Aznar o es el que llama invitación, Malamud?
No pareciera que esa idea de la «geopolítica» basada en la apertura del mercado y las inversiones para producir empleo en el «invitado» esté en la cabeza de Trump y sus asesores. Por ahora, entre otros bienes, el aluminio, una de las principales exportaciones industriales de la Argentina a los EEUU tiene un arancel de importación del 50%. No parece que invite al desarrollo sino más bien a todo lo contrario.
No sabemos lo que sabe Aznar o lo que infiere Malamud.
De todas maneras, es bien cierto y no es nuevo y ya lo hemos dicho que la dinámica «centro-periferia» está en la matriz histórica del sistema capitalista.
Pero la revolución cultural del Estado de Bienestar y las tensiones de la Guerra Fría generaron un escenario de progreso colectivo limitado a regiones selectivas por su peso geopolítico. No fue el caso de América del Sur.
El desarrollismo, con enormes barreras protectivas, atrajo capital y creo trabajo y apenas pudo despegar el impulso exportador de la industria, cuando fue políticamente abortado. Otro de los temas de nuestra historia que permanece en las sombras.
Según los oradores citados en el Foro de ABECEB «estamos invitados a tomar el té, la tetera (el acuerdo) es de porcelana (es delicado), pero no se ve». Los argentinos sabemos que una simple taza de té puede estar envenenada. El problema es que «no se ve».
Para generar consenso hay que, primero, mostrar lo que se acordó. Si es que algo se acordó. Y sin consenso…no sólo no vamos a poder acumular Reservas (se infiere de la afirmación de De Pablo) y la deuda continuará aunque estemos «invitados a tomar el té»: Bessent cobró.

