Hacia el año 2011, Jens Stoltenberg se desempeñaba como primer ministro de Noruega, un país pequeño europeo de 5 millones de habitantes, que tuvo el «honor» de lanzar alrededor del 10% de las bombas sobre Libia, en aquella horrorosa invasión de la OTAN (una de las tantas) para robar en este caso las reservas de petróleo del país africano que entonces, era el más igualitario del continente.
Es que Muammar Gadafi, quien resultara vilmente asesinado en medio del «caos civilizatorio» promovido entre otros por el citado noruego, fue la figura central de las revoluciones nacionales en los 60: el hombre que encabezó el proceso de integración y justicia social más importante de África durante el siglo XX.
Eso era, precisamente, un pecado para estos hombres blancos, eurocéntricos, que siempre miraron con desdén a los humanos de otras latitudes, considerándolos lisa y llanamente subhumanos.
Respecto a Stoltenberg, es conveniente aclarar que por su actuación en el apoyo a la masacre de Libia de 2011, que terminó transformando aquel país moderno en el actual despojo, fue premiado como Secretario General de la OTAN, allá por 2014. Cargo que ocupó durante diez años, justificando cada cruzada colonial de la organización creada en abril de 1949, como la «lucha del bien contra el mal».
Lo curioso del caso es que en ese camino oscuro, no dejó de apelar nunca a los métodos más hipócritas: por ejemplo, durante la guerra de Afganistán, que Stoltenberg también dirigió desde la OTAN, se filtraron documentos de la CIA que decían que la mejor manera de vender esta guerra a la audiencia occidental, que se estaba volviendo un poco más fría con respecto a la guerra, «era presentarla como una guerra por los derechos de las mujeres».
Entonces el refinado noruego, adalid de la moral, escribió en 2017 un artículo de opinión en The Guardian, de Londres, junto con Angelina Jolie para darle un toque de lucha por la libertad, un toque hollywoodense, en el que todo el argumento era que la OTAN es la principal luchadora por los derechos de las mujeres… para justificar otra masacre colonial, en Asia.
Usted se preguntará, tal vez, ¿y qué carajo tiene que ver la OTAN con Argentina?
Bueno, casi nada. Es la fuerza colonial que usurpa miles de kilómetros cuadrados de territorio y mar argentino desde la guerra de Malvinas, que como expresó la misma ONU durante el conflicto de 1982, a través de una resolución, «fue una agresión contra Argentina». Ese es nuestro punto de vista, anclado en el derecho internacional, en un organismo internacional, no la piratería mediática anglófila, no «los chicos de la guerra».
Ahora bien, resulta que Argentina tiene un gobierno nacional que quiere asociarse a la OTAN, quiere asociarse a quien nos agredió, y le roba miles de millones de dólares al pueblo argentino en recursos pesqueros, en energía extraída ilegalmente del mar argentino.
Por eso, conocer a la OTAN es un deber imperativo. Son nuestros adversarios históricos, nunca nuestros amigos. Son el instrumento militar y cultural de los imperios y empresas que nos depredan hace siglos.
Solo conociendo a quienes enfrentamos, en una guerra diaria que se libra hoy sobre todo por medios híbridos, podremos dejar atrás uno de nuestros principales dilemas y debilidades estratégicas en esta dura etapa: la dominación ideológica cultural promovida por el poder blando anglosajón.
Llegará el momento en que nuestra nación despierte de este letargo autodestructivo, y consolide su umbral de poder económico, político y militar tanto oprobio. Ese debe ser el horizonte.
Notas sobre el tema
«Jens Stoltenberg y Angelina Jolie exigen la intervención de la OTAN para promocionar la igualdad de género”
https://www.wsws.org/es/articles/2017/12/19/otan-d19.html
Las pérdidas humanas por la invasión de la OTAN denominada «Libertad duradera»
Durante la guerra de Afganistán, según el Proyecto Costos de la Guerra, murieron 176.000 personas: 46.319 civiles, 69.095 militares y policías y al menos 52.893 combatientes de la oposición.
Sin embargo, es posible que la cifra de muertos sea mayor debido a muertes no contabilizadas por «enfermedades, pérdida de acceso a alimentos, agua, infraestructuras y/u otras consecuencias indirectas de la guerra».
Según el Programa de Datos sobre Conflictos de Uppsala, el conflicto mató a 212.191 personas.
El proyecto Costos de la Guerra estimó en 2015 que el número de personas que han muerto por causas indirectas relacionadas con la guerra puede llegar a 360.000 personas adicionales basándose en la relación entre muertes indirectas y directas en los conflictos contemporáneos.

