Es increíble como la cultura dominante impone sus pautas, ¿no? La sabiduría se construye con muchos aportes, y en ese devenir, por supuesto que la formación convencional suma, es importante. Pero es limitado ese conocimiento, no sólo por los propios marcos que le impone el sistema propio. El poder de turno. Personajes como Artigas, López, eran en un punto sabios. Conocían a su gente: su idiosincracia, su cosmovisión, su cultura, su religiosidad, sus mitos, sus símbolos, sus sueños. Su historia. La tradición oral, seguramente, en tiempos donde no existía YouTube o wassap, era determinante. Conocían también, y casi perfectamente, su territorio. Eso, como explican los compañeros historiadores, fue notable en muchas batallas, decisivo. El «saber sabio» de estos líderes populares, caudillos, era una forma de comprensión que emergía de la experiencia, la reflexión y la conexión profunda con la realidad, con el ser, con el prójimo.
Pero, además, amaban a su pueblo. Condición imprescindible para cualquier ciudadano que pretenda conducir la cosa pública. Política y bien común, deben ser sinónimos, y es imposible querer el bien común, en un punto, sin amar al otro, a hombres y mujeres de su tierra. ¿Eran «iletrados»? En un sentido elitista, claro. Es perfectamente cierto que el saber académico, técnico, que suele ser instrumental, orientado a resolver problemas específicos o a dividir el mundo en categorías, nos entrega herramientas valiosas para intervenir en la realidad. Pero no siempre nos permite interpretarla de manera integral.
Artigas, López, y tantas mujeres y hombre que forjaron la nacionalidad, manejaban «la complejidad», lo que hoy algunos teóricos definen como «integralidad», o pensamiento integral. Eran sabios. Y sobre todo, eran valientes.
Luis Moro

