«Sin industria no hay nación». Carlos Pellegrini, miembro de la Generación del 80′ y fundador del Banco Nación.
Vuelven las mollejas
El olvido de un pasado industrial exitoso y el presente marcado por desmesuras, pobreza y desindustrialización revelan la urgencia de un nuevo modelo productivo.
Carlos Leyba
14 noviembre de 2025
Nuestros últimos cincuenta años: medio siglo horrible. La necesidad de escapar es obvia.
La ruta elegida en 2023 y en 2025 por una mayoría escasa pero entusiasta, acaba de tener una segunda confirmación externa.
La primera, el apoyo «sine die» de S. Bessent a las finanzas para mantener un dólar estable (y bajo en términos de empleo) y sostener la desinflación.
La segunda es el acuerdo, prácticamente cerrado, con USA que, entre otras cosas, permitirá gozar de la abundancia de mollejas yanque; y la novedad de mayores facilidades para importaciones agropecuarias e industriales de ese origen. Toda marcha de acuerdo con el Plan. Es cada vez más difícil saber dónde nos lleva «el Plan».
Este jueves, en la Conferencia de la UIA, P. Rocca sostuvo la necesidad de una política industrial, la intervención del Estado para sostener el desarrollo de ese aparato productivo. Una demanda, muy postergada, ante la desprotección y el desorden.
Un representante de la industria llamó la atención acerca de que el equilibrio fiscal no representa un Plan que tenga un destino colectivo. Destacó, sin decirlo de esa manera, que el desarrollo industrial transformó a China en una potencia y que ese desarrollo fue acompañado por el retroceso de esa actividad en los países occidentales. Ahora los países desarrollados, señaló, reaccionan a la manera clásica de las acciones defensivas.
Y al respecto, y hablando de las ideas de moda en la Argentina, puso énfasis en señalar las limitaciones del auge excluyente de «la naturaleza» como modelo de desarrollo. Abundó en razones más que obvias para señalar el despiste de esas alegaciones.
Fue la primera vez que los asistentes escucharon, en el escenario, las mismas preocupaciones y convicciones que los ocupan. Por eso los aplausos. Roca sintetizó, diciendo que una apertura racional e inteligente, implica una política industrial.
La inmensa mayoría de los argentinos que no vivieron, siendo jóvenes o adultos, antes de 1975, no saben que esta decadencia sucedió a un largo período que – en lo económico – culminó en la década 1964/74: la de mayor crecimiento económico por habitante, después de la de 1874/84 que quedó en la memoria como el fruto de la generación del ’80.
Pero la década 1964/74 quedó en el olvido y pocos analizan por qué ocurrió, que hubo tiempos previos de acumulación (social y productiva) que la prohijaron y menos aún, se han señalado las razones profundas por las que la sociedad giró, primero en el abandono y después en el olvido, de un período de éxito indiscutible. No me ocuparé ahora, solo diré que las explicaciones dominantes son vacías, inconsistentes y lo que es peor, han consagrado la idea de que la «industrialización, en la Argentina, se agotó» como si la historia fuera un pozo.
De esa lectura se ha derivado una consecuencia extraordinaria: por ejemplo, en el ciclo «Los motores del desarrollo» (2022) realizado por el Grupo Clarín, cinco economistas – de todas las corrientes, del liberalismo al peronismo – dieron sus propuestas para «los motores del desarrollo». Ninguno mencionó a la industria: obviamente aparecieron el litio, vaca muerta, el cobre, etc.
Antes de las elecciones que consagraron a Milei, los economistas coincidieron que nuestro único motor de desarrollo era «la naturaleza heredada».
La Conferencia de la UIA fue un día de reflexión. Pero, en la mayor parte de las exposiciones, dominó el halago al presente. No sólo en la voz de los ministros. Se cumplió el rito de sostener la idea que «el principio irrenunciable» es el superávit fiscal como padre de la estabilidad. Ni una sola referencia, aún tímida, al atraso cambiario desde la perspectiva del equilibrio del mercado de trabajo o de la ausencia de inversiones distintas de las referidas a la extracción de naturaleza. Nada disonante hasta Paolo Roca.
Se hacia evidente, una vez más, que aquella afirmación de principios del SXX, que pronunciara como un mandato político don Carlos Pellegrini, un mandato histórico de la Argentina del ’80, la Argentina criolla, había sucumbido – según los comentaristas de la historia – por «agotamiento»: una vez más el poder letal de la historia falsificada.
Sin haber acuñado ese sello de la memoria colectiva, efectivamente, esa década (1964/74) de la segunda mitad del SXX, se caracterizó por no haber tenido ni un solo año de recesión: la economía, en esa década, siempre creció. Y también se caracterizó por alumbrar la incorporación de nuestro país al selecto grupo de países exportadores de manufacturas industriales.
En esos años éramos, en la región, punteros en la industria automotriz con una integración tal que las autopartes nacionales abastecían en promedio el 90% de cada vehículo producido. Al final de la década toda la industria, plantas propiedad de casas matrices europeas y norteamericanas, acordó con el gobierno -que aportaba incentivos- que la Argentina sería la central abastecedora del mercado regional sudamericano de vehículos de esas marcas producidos aquí: en ese empeño todas las piezas provistas por la industria local fueron homologadas por las casas matrices. El desarrollo de esa industria, iniciado 20 años antes, había alcanzado un grado de madurez que nos calificaba a nivel regional, más allá de los beneficios que, a la industria local, le proveían las barreras arancelarias propias de la época.
Ese desarrollo de la industria de principios del SXX era parte de la columna vertebral de una estructura productiva que generaba pleno empleo, una distribución primaria (salarios) del ingreso que construía un Índice de Gini (medida de la igualdad) similar al de un país desarrollado y un nivel de pobreza que, medida con el mismo método del presente, ubicaba en ese fracaso de la sociedad a 4% de una población que había logrado tener la clase media proporcionalmente mayor de todos los países en vías de desarrollo. Es obvio que de aquello no queda nada.
La industria automotriz, como todo el aparato industrial, se ha ido encogiendo y tras ella han desaparecido miles de pymes proveedoras, la clase media se ha empobrecido de una manera sorprendente y uno de los slogans del actual gobierno, que luego de la devaluación llevó la pobreza a más del 50%, es que -gracias a la lucha contra la inflación- la redujo al 36%. Hace 50 años era 4%, menos de un millón de personas y ahora cerca de 16 millones de personas.
La población se multiplicó por 2 y el número de personas pobres se multiplico por 20. Esa cifra marca la magnitud de los problemas del presente y lo que es más grave, la magnitud de los problemas del futuro. Una joven de 30 años que nació y vive en los hogares que sufren el drama de la pobreza, es abuela. Una joven de 30 años de clase media lo más probable es que aún no sea madre. La pobreza de los niños no augura el mejor futuro para la sociedad. Y en nuestra argentina del presente más de la mitad de los niños se ha criado y vive en la pobreza. Ese es el resultado, la profunda degradación de la calidad de vida, que ha producido el hecho material de la economía que, en estos 50 años, ha permanecido estancada. No podemos sino llamar estancamiento si el PBI por habitante de 2025 no será sino apenas menos del 10% mayor al de hace 50 años. El estancamiento, la pobreza y la desigualdad son la herencia de estos 50 años.
En el último medio siglo nuestro país ha sido el territorio de gigantescas desmesuras, de un lado y de otro. Desmesuras que, por su propia inercia, han sido siempre efímeras. Se han anunciado, una y otra vez, milagros que, en realidad, eran espejismos. No bien avanzamos confiados hacia ellos, la realidad se presentaba de manera dramática. Todos los «programas», «modelos», «ensayos», todos, terminaron mal.
¿Qué es terminar mal? Todos terminaron con más pobres que los que había cuando comenzaron. De una u otra manera todos terminaron con más deudas públicas, sea en pesos o en moneda extranjera. Deudas sociales y deudas económicas. Y a lo largo de esos 50 años, año tras año, el excedente de los argentinos se radicó fuera del sistema. Se supone, y es un cálculo compartido, que están fuera del sistema cifras que pueden llegar a los US$ 500.000 millones. Mucha evasión. Y mucho endeudamiento externo para abastecer a quienes fugaron los dólares que fugaron. Default, refinanciaciones. Y finalmente, además de la multiplicación de la pobreza, las Villas y el deterioro del hábitat urbano, el «deshilachamiento» de la clase media, el espanto de la moral de pacotilla de los muchos «empresarios» que asisten hoy al juicio por haber compartido la corrupción del favor público. Podría seguir la enumeración de los horrores acumulados en estos 50 años. No vale la pena. Lo dicho es un racconto desordenado de la consecuencia de décadas de políticas públicas que, más allá de sus errores conceptuales y de ejecución, tienen en común «la desmesura». La falta de medida y armonía. El entusiasmo de los improvisados. Y la ausencia de políticas, entre ellas la «industrial».
Esta es la cuestión del presente.
No es la primera vez que una política económica, una concepción ideológica, como la que hoy nos gobierna se ha ejercitado en la Argentina. En rasgos generales, el atraso cambiario y la apertura económica como método para disciplinar a los sectores productivos, se ha utilizado muchas veces desde 1975 y de la misma manera muchas veces se ha utilizado el atraso cambiario para frenar el proceso inflacionario y a la vez generar la «idea de progreso» en las personas que pueden disfrutar de viajes o bienes del primer mundo. Con atraso cambiario se ganan elecciones. Hasta Cristina K gozó de esa debilidad.
Pero la realidad finalmente se impone. Y si hoy la gran potencia se dispone a nuevas alianzas y nuevos socios, lo hace porque ha recuperado la necesidad, para toda economía, de tener una política de desarrollo de las fuerzas productivas y eso implica una política industrial. No tenerla es prolongar años de esta decadencia, aunque celebremos que, como con Martinez de Hoz, vuelven las mollejas importadas.
El Economista

