2026-04-16
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«Sin futuro»: el drama silencioso que afecta al 63% de los chicos en Argentina

La virtud extraviada

«Sin futuro»: el drama silencioso que afecta al 63% de los chicos en Argentina
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Un dato desgarrador expone el apagón del porvenir: sin promesas ni horizonte, los más chicos ya no creen que puedan construir un futuro en su país.

«El 63% de los chicos menores de 15 años sienten limitado su futuro personal». Ese fue el título de una nota del diario La Nación del 21/8.

Tomada en el contexto de las condiciones de vida de la Argentina – cuando es un porcentaje similar el de los chicos que, en las últimas décadas, han vivido o viven, en la pobreza – esa frase adquiere la dimensión del anticipo de un apagón del futuro colectivo.

Tal vez ese 63% de «futuro personal limitado» sea la dimensión estadística de una Argentina que se ha quedado sin la presencia motivante de la idea de un futuro próximo atrapante, ensoñador, provocador de nuevas energías.

Aunque suene viejo «un programa de desarrollo, de progreso colectivo». Hoy no está. Pero antes lo hubo. Hace tiempo que esa idea de lo porvenir ha dejado de estar cerca: muchos se confortan mirando por el espejo retrovisor a la búsqueda del futuro en el pasado. Es un mal augurio: no se debe conducir marcha atrás.

El pasado no existe y la única función del presente es imaginar el futuro. Sin la imagen atractiva del futuro, el presente agota, sobre todo cuando la vida cotidiana de la inmensa mayoría se hace cuesta arriba, desde hace largo tiempo y el recuerdo del «progreso» se torna sepia.

Los chicos, a los que alude la nota de La Nación, ven límites y no promesas. No ven promesas, porque no se conjuga, en la Argentina del presente, la promesa del futuro. Y esa es la virtud, la promesa del futuro, que la política nacional ha extraviado. Todo empieza ahí.

Es molesto volver al pasado después de lo dicho, pero no puedo evitar de recordar el mensaje presidencial de J.A. Roca de 1880: era la construcción material de la Nación como programa de gobierno. Y, otra vez, «lo nuevo es lo que se ha olvidado» decía el poeta.

La política es básicamente pedagogía. Más en sociedades jóvenes donde salta a la vista que en ellas «está todo por hacer».

Los pueblos saben lo que quieren, conocen sus anhelos. Tal vez esos deseos, esas demandas, se encogen a medida que el peso de los fracasos colectivos pone la vida cotidiana cuesta arriba. Pero no los abandonan.

Es cierto, desean, pero no tienen por qué saber lo que es necesario para que, lo que ellos quieren, se realice y una vez realizado, no sea efímero.

La función pedagógica de la política es señalar los pasos necesarios para que, aquello que los pueblos quieren sea posible y sustentable.

Y persuadir, convencer, porque toda realización demanda espera. No hay manera de imponerle a la realidad un cambio. Un signo, como llamarlo, de la inmadurez de quienes hacen política, es la colosal, descomunal, ausencia en su discurso de objetivos a compartir y de instrumentos a utilizar. No puede nadie, en su sano juicio, imaginar objetivos comunes a compartir, sin tener la vocación y la capacidad de conversar acerca de ellos con todos los que pretenden intervenir en la política.

Nadie puede señalar objetivos sin describir instrumentos y consensuar – con la mayor amplitud posible – unos y otros. ¿Qué sentido tiene proponerse una gama de objetivos que, quien los define, excluye a los que necesariamente habrán de compartirlo o que de lo contrario serán inviables?

La demagogia, la mayor traición a la pedagogía de la política, es brindar la ilusión de obtener lo que «se quiere» de modo efímero y al costo gigantesco de la posterior pérdida y el inevitable retroceso. De esto llevamos décadas.

Toda vez que se declina de trabajar por el consenso razonablemente mayoritario y por lo tanto previsiblemente estable, se transita el camino de la demagogia que puede ser de derechas o de izquierdas, conservadora o progresista, lo mismo da.

Lo esencial, en la sana construcción de lo que «el pueblo quiere», es el concepto de acumulación previa. No existe «acceso» sin un previo camino sólido, transitable y susceptible de mantenimiento.

Los largos años de la decadencia argentina, el dominio del estancamiento, la multiplicación de la pobreza y del endeudamiento público, que se arrastra hace 50 años, han sido la consecuencia de políticas gobernadas por el «corto plazo», todas ellas signadas por el electoralismo de partidos enfrentados, a causa de la incapacidad de compartir el sentimiento de pertenencia a la idea de Nación.

El enfrentamiento a la idea de consenso y, aún más, la construcción de poder sobre la base de la identificación del enemigo en quien se colocan todos los estigmas posibles.

Los últimos 50 años de decadencia económica y moral, en la que cobramos vidas, destruimos la moral del Estado y además navegamos años de corrupción. Una corrupción de dimensiones tales que ha convivido con la multiplicación de fortunas, muchas inexplicables, acompañadas de la multiplicación exponencial de la pobreza. El dinero acumulado, cuyo origen todos han olvidado, ha tornado en «señores» a un ejército de pícaros multiplicados en 50 años de decadencia. Muchos lo han olvidado, pero tienen en común la construcción del poder en función de la exclusión, a veces con la mecánica del odio, a veces con la mecánica de la corrupción o el silencio comprado. Pasó ayer, pasa hoy. No hay día en que esa noche no tiña toda esperanza.

La política, desprovista de ese ánimo de construcción que requiere consenso para ser de larga duración, es una mecánica de ascenso o de preservación del Poder a las que las malas artes acompañan, porque de ellas se alimentan. En esto no hay diferencias de color. No hay diferencias de partido. Ni de ideologías.

En el presente, el mileísmo, el libertarismo, o como se lo quiera llamar se pretende nuevo y no es más que la repetición de políticas económicas, con sus más y sus menos, que ya hemos transitado y que terminaron muy mal. Fracaso que no exime de responsabilidades a quienes han predicado otras ideas tratando de justificar, con nobles propósitos, la generación de la tragedia de la decadencia en que vivimos. Hoy son unos. Ayer otros. Está de más recordar que los personajes se repiten. Tabula Rasa también es una manera de homologar que los mismos de siempre, siempre están. Es difícil encontrar personajes nuevos, nuevos pecados, resultados diferentes. Puede cambiar el método, la dimensión, las formas.

En estos 50 años tenemos largas experiencias en las que podemos ubicar el patrón común «monetarista», devoto de la sabiduría del mercado; y largas experiencias devotas de la sabiduría del Estado y experiencias con el patrón común de la irresponsabilidad fiscal y monetaria. Lo hemos transitado todo.

Lo que no hemos transitado es lo único que es realmente irremplazable para encontrar una salida. El éxito es siempre lo que tiene salida. Eso requiere de un programa multidimensional consensuado para asegurar el largo plazo. Durante los últimos 50 años hemos tenido en común, con distintos colores partidarios, la vigencia de un natural desparpajo frente a las consecuencias del costo sistémicos de los éxitos aparentes.

Nunca se pudo evitar el efecto boomerang de los errores de la «política económica corto placista».

Actualmente la política de solo un objetivo, que es desacelerar la tasa de inflación, está acompañada por una campaña mediática masiva acerca del mérito de ese objetivo excluyente y sus imaginarias consecuencias. Para lograrlo se aplica el concurso de «n» instrumentos y no se tiene en cuenta que cada uno de esos instrumentos tiene efectos y consecuencias sobre el resto de las variables económicas y sociales, que están fuera de programa.

En estos días la gran protagonista es «la tasa de interés» aplicada al extremo con el sólo objetivo de impedir la demanda de dólares como colocación financiera y la continuidad sine die del carry trade. La tasa de interés en estos niveles tiene un impacto descomunal sobre el futuro de las finanzas públicas, sobre la economía de las empresas y de las familias, empuja al conjunto a la declinación de la actividad y opera como una sangría para evitar que el cuerpo reacciones.

Un grupo de obsesos está dispuesto a que caiga lo que tenga que caer si esa es la condición necesaria para mantener quieto el tipo de cambio, estable la velocidad de la inflación y firme el argumento electoral para ganar las elecciones.

El pueblo quiere estabilidad. Pero la estabilidad no puede ser una hija sana del atraso cambiario, ni de una tasa de interés que, de persistir, destruye el consumo y el tejido productivo. Los instrumentos, todos tienen consecuencias no deseadas, requieren de compensaciones y estas llevan a nuevos esfuerzos en aras de objetivos múltiples. No merece el título de «política económica» o «programa» la consecución de un solo objetivo al que todos los demás se subordinen, objetivos que por definición son múltiples, y que requieren de una visión integral del proceso económico.

En estos días es común escuchar a muchos analistas económicos, aún críticos con algunos postulados de la actual gestión, señalar que «la macro está en orden».

¿Qué cosa entienden por «la macro»? Sería oportuna una definición acerca de ello. Si la «macro» trata de los agregados macroeconómicos sin duda es muy difícil coincidir en la existencia de «orden». Puede alegarse que la dinámica de los precios, en promedio, tiene una sustantiva mejora en el sentido de su desaceleración. No obstante, es discutible que el vector de precios relativos sea el de equilibrio de mercado. Lo más obvio es el tema del tipo de cambio: ventas a futuro, tasas de interés – como hemos mencionado – extremadamente exóticas y – fundamentalmente – la existencia de cepo cambiario para las personas jurídicas y la ausencia de compra de reservas por parte de la Autoridad que sí debe acumularlas para cumplir sus compromisos sin acudir a mayor endeudamiento: los mercados hablan por el Riesgo País. Pero ¿quién puede sostener que el nivel de las inversiones o del consumo, o la situación del empleo, o los niveles de los salarios sin intervención del gobierno, forman un escenario de «macro» en orden? Nadie que tenga en cuenta que la tasa de interés de estos días es la medida del desorden propio de la virtud extraviada de la política.

Carlos Leyba

El Economista

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