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Todo fue un error

Carlos Leyba

Todo fue un error
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En esta Argentina vacía de contenido, a los políticos no se les pueden pedir «ideas». La función es llegar y después vemos.

La barrera contra el dólar es monumental. Pocas veces salió bien. La carga está disparada contra todo el sistema. La tasa gigante que pagó Luis Caputo no convenció más que a 4 de cada 6. Pero los que se dejaron convencer, con una tasa de inflación imaginada para los próximos 12 meses de 27%, cobraran -en términos reales- un rendimiento obsceno.

Porque el error es la obscenidad. Como decía Adam Smith: «La proporción que el tipo de interés corriente en el mercado debería guardar con el tipo corriente de beneficio neto, varía necesariamente según que el beneficio sube o baja» … «En países en que el tipo ordinario de beneficio neto es del 8 o del 10 por 100, quizá sea razonable que la mitad del mismo se destine al interés, en los casos en que el negocio se ha llevado a cabo con dinero prestado» («La riqueza de las Naciones», Madrid, 1961, pag.91)

La noticia es que, además, todas las grandes empresas de la alimentación pierden plata.

No estamos manteniendo lo que tenemos. La tasa de interés es un instrumento letal.

Una de nuestras características es «la falta de mantenimiento». Suena poco ambicioso señalar como importante lo que tiene las condiciones de lo obvio.

Mantenimiento es como un servicio de asistencia. No tiene el prestigio de «innovación». Mantener es «cuidar lo dado».

«Sostener lo recibido», hace rato que no lo aprobamos en nuestra deteriorada Argentina. Hace rato por desidia o incapacidad. Ahora hay una militante «no lo vamos a hacer». Razones ideológicas: «que lo haga el mercado». Razones presupuestarias: «no hay plata, «eso es desequilibrio fiscal y no voy a buscar compensaciones».

Hay partidarios (no confesos) del Monte Taigeto; hay quienes sostienen que las cloacas las deben hacer los futuros beneficiarios. Así hasta el infinito.

En esta Argentina vacía de contenido, a los políticos no se les pueden pedir «ideas». La función es llegar y después vemos.

Medio siglo de discursos «reformadores» que podrían haber sido -en el marco de la geografía política tradicional- de derecha o de izquierda, conservadores o progresistas.

Nunca «consenso» y continuidad. El dominio de «la maleta de loco» que no puede sino terminar en insulto y agresión.

Los datos comprobados de cada gestión son que aquello que lo que recibieron ni siquiera lo pudieron conservar. «Derrumbe de lo heredado».

El politólogo Marcelo Cavarozzi (Clarín,14/8) hace un esclarecedor repaso de lo heredado, dice: «¿Cuál fue, a pesar de la inestabilidad institucional previa, la normalidad de la Argentina que se quebró hace ya más de cincuenta años? Resulta paradójico que la Argentina, habiendo atravesado seis golpes militares exitosos a partir de 1930, durante décadas hubiera logrado transitar un curso de relativa ‘normalidad’ desde principios del siglo XX… se transformó en una sociedad plenamente integrada … expansión de las áreas de igualdad … educación pública, el pleno empleo, la conscripción masculina, la densa infraestructura material … y el efecto demostración de nutridas redes de científicos, intelectuales y artistas de calibre como los premios Nobel, Jorge Luis Borges…»

Una situación que mirada en perspectiva nos dice que «estábamos mejor».

Una de las grandes controversias es el tiempo en que estábamos mejor. Números y memoria nos hablan de 50 años, como dice Cavarozzi. Lo que hasta hace poco era un consenso tiene ahora voces discordantes.

Sabido es que, por ejemplo, desde la posguerra, los 30 años gloriosos de Occidente, son los inspirados en el New Deal, el Estado de Bienestar, las políticas de integración y desarrollo social. Ubicar el «origen» de la decadencia atrás de esos hitos históricos es promover en la «recta imaginaria Estado – mercado», el retiro, sino la eliminación, del Estado y dejar todo en manos de la resolución del Mercado librado a su propia lógica, que es la del beneficio particular.

La primera, por cronología, fue la voz de Mauricio Macri que ubica la catástrofe en los años 40 del Siglo XX. Lo curioso es que «los Macri», albañiles inmigrantes, llegaron «en los 40».¿Podríamos considerarlos, en parte, responsables del cambio de tendencia? Pero les fue brutal: progresaron económica y socialmente a una velocidad extraordinaria y a pesar de la decadencia general que todo lo condicionó, a criterio de Mauricio.

La segunda voz fue la de Javier Milei. Para Milei la debacle comienza en 1910. Mismo caso. Los Milei, inmigrantes, desembarcan en 1926 y en el medio de esa decadencia, tampoco los fue mal: el colectivero se transformó en empresario.

Es que acomodar la historia a las ideas del presente es una instrumentación inútil. El pasado no existe y el lugar donde vamos a vivir es el futuro y si nos somos capaces de imaginarlo, el puente del presente es inútil.

Por eso conservar lo heredado es tan importante como pensar estrategias para acompañar las tendencias profundas al futuro y evitar aquellas tendencias profundas que lo han de trabar. Hay de las dos.

Un problema nacional es el de «mantenimiento», es decir, la falta de capacidad para sostener, conservar lo heredado.

Un primer punto es la enorme falla estructural de la progresiva destrucción de la burocracia profesional que tiene como principal objetivo «el mantenimiento» de lo heredado.

Durante medio siglo hemos asistido a la destrucción de la burocracia profesional del Estado Nación, Estados provinciales y municipales. Me refiero al cuerpo de la burocracia pública.

La progresiva destrucción de la carrera profesional administrativa, la ausencia de requisitos mínimos para ser parte de la burocracia, ha minado al extremo la idea del Estado y la burocracia, capaces de mantener lo heredado.

Hay episodios penosos con costos difíciles de reparar. Por ejemplo la manipulación política del INDEC durante el kirchnerismo, «la falla» no fue consecuencia de errores de la burocracia, sino de la invasión política que desvirtuó la función.

De consecuencias muchísimo más graves es el caso «Fentanilo» que ha dejado, hasta el momento, un centenar de muertos. Inspectores del Instituto Nacional de Medicamentos (Iname) detectaron «deficiencias significativas clasificadas como criticas y mayores» (28/11 y 12/12 de 2024) en la planta de Labotario Ramallo, que comprometian «calidad, seguridad y eficacia de los productos elaborados». La produccion continuo hasta el 10/2/25.

Lotes con bacterias fueron elaborados luego de la inspeccion de Anmat, y salieron a la venta. Lugones no ordeno una clausura inmediata, ni el retiro preventivo de lotes fabricados en las fechas criticas.

El kirchnerismo descartaba los números del Indec y los reemplazaba por otros que servían a los objetivos políticos.

El ministro Lugones no reaccionó de acuerdo a las prevenciones del ANMAT porque- y es la filosofía libertaria- esos controles «están de más».

La ANMAT sufrió recortes y modificaciones regulatorias, como consecuencia del accionar del ministro de Desregulación F. Sturzenegger que despidió empleados, redujo presupuesto y capacidad de control. Escuchémoslo: «El ANMAT dice ‘yo voy a cuidar los medicamentos’ y falló porque el señor del laboratorio era un amigo del poder (fea acusación para Lugones). «Entonces, el ANMAT me desprotegió…Si no estaba el ANMAT, yo hubiera hablado con mi médico y me hubiera cuidado mejor» (Deja Vu, 13/8).

En esa misma línea intenta permitir la importación de medicamentos desde India sin autorización de ANMAT. Cuídate vos: el Estado no se ocupa.

Dicho esto, hace tiempo clasificábamos a los países del mundo occidental en desarrollados, en vías de desarrollo y subdesarrollados. Nosotros, no de ahora, por cierto, inauguramos la cuarta categoría la de «países en vías de subdesarrollo»: rutas hechas…pero sin mantenimiento.

La estrategia fiscal, a la que acompaña prácticamente la totalidad del arco empresario, gran parte del sindicalismo, y de muchas fuerzas políticas, consiste en lograr un «equilibrio fiscal». Mas allá de la veracidad de ese logro, lo cierto es que, en este debate, el gobierno sostiene a capa y espada, a veto y lucha mediática, la reducción de gastos en salud, en capacidades diferentes, en mantenimiento de rutas, en sistema de controles de alimentos, fármacos, etc.

Todas esas postergaciones son «abandono del mantenimiento» de logros alcanzados. No es que esta gestión haya inaugurado el «abandono del mantenimiento» que es algo cuyo deterioro es evidente. Lo que ocurre es que la «continuidad del error» se sostiene como virtud y eso hace que la reparación sea más difícil.

Hay una urgencia prioritaria en revisar con un enfoque integral la enorme distorsión que ha producido la reforma previsional kirchnerista, de la misma manera que la expansión injustificable de jubilaciones por discapacidad, así como miles de planes de «asistencia» en provincias que no son más que rémoras del clientelismo político mas irresponsable.

No es una tarea sencilla. Exige programas, tiempo y trabajo y el mantenimiento de estructuras públicas de estudio.

En ese bolsón obscuro de dilapidación de recursos se oculta un monumento a la desidia con el que hay que terminar profesionalmente sin chicana política menor. Se requiere consenso para lograrlo.

De la misma manera se requiere de una política económica que no queme las posibilidades de una vida decente, al someter los objetivos de la macro economía que son el incremento del PBI, del consumo, de la inversión y las exportaciones, al objetivo de los financistas capaces de rifar una tasa cercana al 70% de interés que no alcanzó a conquistar a nada más que 6 de cada 10 en juego, mientras la inflación proyectada para los próximos doce meses es de 27%. ¿Todo fue un error?

Carlos Leyba
15 agosto de 2025

El Economista

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